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 El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Aristóteles. Libro IV- El Asedio de Aornos

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Hsmeduardo
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MessageSujet: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Aristóteles. Libro IV- El Asedio de Aornos   Lun 5 Déc 2011 - 14:30

Citation :



EL ASEDIO DE AORNOS

CAPÍTULO I:


Yo, Epístenes, ante la estatua de mármol que inmortaliza una mano de Alejandro entrelazada con la de Aristóteles en señal de la amistad y que vincula a los dos hombres… que fue regalo del discípulo a su preceptor… no puedo reprimir las lágrimas que caerán sobre la obra. Recuerdo...

...Recuerdo aquel tiempo en el que estuve íntimamente ligado al servicio de Alejandro III el Grande y quiero dar testimonio en el crepúsculo de mi vida de los acontecimientos fabulosos de los que fui testigo al atarcedecer, cuando el ejército macedonio alcanzaba Nicea y las orillas del Cophen, más allá de las montañas Paraponísades. Ninguno de nosotros conocía las regiones remotas y misteriosas a las que nos dirigíamos. Alejandro y yo disfrutábamos charlando sobre las memorias de Ctesias o los escritos de Herodoto, que fueron los únicos que pudimos encontrar.

Las condiciones de nuestro viaje fueron muy penosas. Los soldados estaban agotados por el calor y el aire contaminado. La humedad penetraba por todas partes, la suciedad formaba manchas amarillentas en los rostros contritos de los combatientes y el más mínimo rasguño se infectaba inmediatamente.
El agua potable escaseaba y los alimentos se estropeaban en un par de días. Algunos contrajeron fiebres mortales que hacían que los humores saliesen como torrentes por todos los orificios del cuerpo dejándolos moribundos.
El infortunado contingente avanzaba por caminos indignos de este nombre, transformados en cenagales por las copiosas lluvias que caían al final de cada jornada.

Y por fin, una bella mañana, alcanzamos la ciudad de Aornos (refugio del pueblo Assaceno) que nuestro buen rey tenía por enemigo. Cuatro inmensas torres de plata formaban los ángulos de un complejo de fortificaciones que protegían a la ciudad que había sido construida en una colina. En su cumbre, podíamos distinguir lo que debía ser un templo, coronado por una especie de alminar resplandeciente de oro y piedras preciosas, con vistas a los terrenos escarpados de la ciudad propiamente dicha.

Alejandro hizo una inspección meticulosa de sus tropas y luego, para renovar el ánimo de los soldados, pronunció un discurso cautivador sobre la abnegación a la causa pública. Posteriormente mandó a sus generales que se reuniesen para discutir la estrategia que seguirían y los altos mandos decidieron llevar a cabo un asedio. Alejandro hizo la siguiente razonable observación:

- "Habrá que tirarles algunos proyectiles para hacerles saber que estamos aquí. ¡Ordenen instalar las catapultas!".

Y así se hizo según la voluntad del soberano.

El primer aldabonazo hizo reaccionar de modo muy particular a nuestros enemigos. Vimos como se acercaba hacia nosotros un grupo de tres jinetes que constituía una delegación Assacena.
Uno de ellos se dirigió directamente hacia Aristóteles (preceptor eterno de Alejandro), hombre de una sabiduría increíble y que me hizo creer en la santidad tras haber presenciado estos acontecimientos.
Miró fijamente a nuestro filósofo y pronunció este discurso asombroso:

- "Te esperábamos, ven. Manitou, la gran serpiente cósmica, profetizó tu llegada".

Luego, se dirigió a Alejandro en términos que nos consternaron a todos:

- "Soberano de Macedonia, podrás destruir la ciudad de Aornos muy pronto, pero antes debemos cumplir el Gran Designio y mostrarle a Aristóteles nuestra ciudad y su funcionamiento. En cuanto hayas vuelto podrás asaltarla”.

Alejandro temiendo que le estuviesen tendiendo una trampa compartió su desconfianza, pero Aristóteles lo tranquilizó con estas palabras:

-"Si no satisfago mi curiosidad no podré morir en paz”.

Alejandro: -" Pero si vas allí morirás antes".

Aristóteles:-" Si no voy moriría más tarde, pero sería mucho peor pues moriría insatisfecho. Al fin al cabo en ambos casos acabaré muerto".

Alejandro: -"Tú verás".

Esto aumentó mi curiosidad y pregunté discretamente a mi rey si me otorgaba permiso para seguir al profeta a lo que él respondió afirmativamente. Los Assacènos hicieron lo mismo.

Traducido por Casiopea.
Revisado por el Padre Prior Jesus Alfonso Froissart del Campo.


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Hsmeduardo
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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Aristóteles. Libro IV- El Asedio de Aornos   Lun 5 Déc 2011 - 14:30

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EL ASEDIO DE AORNOS

CAPÍTULO II:

La ciudad de Aornos poseía una mecánica social singular. Nuestro anfitrión asaceno nos guiaba mientras ascendíamos hacia la cumbre de la colina. A medida que avanzábamos, veía cómo la cara de Aristóteles se transformaba como si de repente todo le resultase familiar. El filósofo respondía con una cauta mirada de complicidad cada vez que hablaba nuestro guía.

Mientras tanto atravesábamos un laberinto sombrío de callejones donde cada escondrijo y cada sombra parecían la escena de un robo, de una agresión o de un acto violento. Allí las prostitutas se colocaban en posiciones lascivas y hacían contorsiones obscenas para provocar a los transeúntes. El asaceno nos dijo que aquella era la zona D, el área donde vivía toda la chusma de la ciudad y quienes no respetaban las leyes.

Me arriesgué a preguntar:
-"¿Por qué no los desterráis?”.

Nuestro guía me respondió que el manitú no lo deseaba y que decía:

-"Despoblaríamos nuestra ciudad”.

También hay que decir que las madres de la zona D eran despojadas de sus hijos en cuanto nacían por los assacenos quienes los llevaban a vivir a las granjas.
Aristóteles hizo el siguiente comentario:

-“No veo más que vicio y miseria aquí”.

A continuación cruzamos través de enormes extensiones de cultivos diversos (maíz, trigo, cebada…) repartidos en diferentes parcelas. Pasamos también por la zona de la ganadería (compuesta principalmente por cochinos y vacas) donde se podía distinguir a algunos campesinos esqueléticos, destrozados por el hambre y la esclavitud de su trabajo.
El asaceno nos dijo que aquella era la zona C, donde vivía la casta de los agricultores.

Me arriesgué a preguntar:


-"¿Por qué están esqueléticos los agricultores?".

Nuestro guía me respondió que la casta superior vivía en la opulencia y que la producción era insuficiente para asegurar la subsistencia de la clase trabajadora. Además, el manitú les negaba a los agricultores el derecho a instalarse fuera de las murallas, donde podrían haber tenido más espacio para un mejor rendimiento. Según sus palabras "los agricultores deben estar controlados muy de cerca para evitar actos depravados."


Aristóteles dijo: -“Es absurdo”.

Continuamos a través de un barrio opulento, que albergaba obras grandiosas dedicadas a los héroes militares victoriosos y acogía una intensa actividad aparentemente vana, donde unos iban y otros volvían sin ningún tipo de objetivo. El asaceno nos dijo que era conocida como la zona B, donde vivía la casta de los ciudadanos-soldado. Me di cuenta que un gran número de residentes llevaban pequeños espejos de cobre colgados del cuello y se detenían a menudo durante largo rato para contemplar su propio reflejo.
Me aventuré a preguntar:

-"¿Pero qué hace toda esa gente que parece obtener placer al observar su propia imagen?".

Nuestro guía me respondió que los soldados no habían entrado en batalla desde hacía años y que a fuerza de no tener otra cosa hacer que contemplar las obras de la naturaleza, se habían elegido a sí mismos para admirarse. Vivían en un desenfreno escandaloso de lujo y engaño. Además, el manitú prohibía a los soldados entrenarse en tiempos de paz e incluso ir armados porque, siempre según sus términos: " No hay que arriesgarse a que el ejército pueda un día volverse contra nosotros".

Aristóteles comentó:
-"Es grotesco".

Mientras cruzábamos lo que parecía una especie de monasterio dedicado a los asuntos más importantes de la ciudad, por donde paseaban magistrados obesos enarbolando panoplias repletas de brillantes piezas de joyería mientras daban instrucciones a los comerciantes de sus empresas, banqueros y transportistas venidos de todas partes. El asaceno nos explicó que estábamos ante el cenáculo, o zona A, donde se reunían filósofos-reyes que conformaban el gobierno de la ciudad.

Pregunté:
-"Si en su gobierno lo único que importa es el dinero,¿todo está relacionado con el mercado?".

Nuestro guía me contestó que todas las cuestiones políticas habían sido abandonadas y que lo único a lo que les importaba era la economía, porque el Manitú había afirmado que "el objetivo de la ciudad debía ser el de acumular riquezas para prevenir lo que pueda hacer falta mañana".

Aristóteles dijo:
-"Es preocupante".

Finalmente alcanzamos la cumbre de la colina y llegamos frente al templo del manitú.

Traducido por Casiopea.
Revisado por el Padre Prior Jesus Alfonso Froissart del Campo.


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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Aristóteles. Libro IV- El Asedio de Aornos   Lun 5 Déc 2011 - 14:31

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EL ASEDIO DE AORNOS

CAPITULO III:

El templo de Manitú de la serpiente cósmica era un edificio imponente cuyo diseño no contenía ningún ornamento. La decoración era de una sencillez extrema y se limitaba a algunos bajorrelieves que representaban episodios de la vida de la serpiente cósmica (la diosa asacena). Sólo la cúpula del templo se diferenciaba del austero conjunto por contener un montón de piedras preciosas y estar tapizada de hojas de oro. Penetramos en la obra pisando los talones a nuestro guía, quien nos condujo a una especie de ventanilla atendida por unos individuos que parecían monjes. Estos nos interrogaron sobre nuestras identidades, direcciones, situaciones familiares, rentas, filiaciones… y varias horas más tarde obtuvimos, por fin, la autorización para encontrarnos con el Manitú.

El Manitú de la serpiente cósmica era un personaje singular. Esperábamos a un soberano espléndido en su majestad, pero encontramos de frente a un hombre desprovisto de carisma. Era pequeño, flaco, de edad más bien avanzada y exhibía un bigote ridículo.

Nos saludó con frialdad del siguiente modo:


- Habitualmente los extranjeros no son bienvenidos aquí, pero ya que ustedes son protagonistas de la profecía, haremos una excepción.

Deseaba con ansia plantearle una cuestión, pero Aristóteles se me adelantó:

- ¿De qué profecía habla?

El Manitú le respondió que había visto en sueños que Aornos sería destruido por ejércitos venidos de occidente, pero que un filósofo llamado Aristóteles debía primero visitar la ciudad para perpetuar la memoria en sus escritos.
Aristóteles afirmó que jamás invertiría su preciado tiempo en escribir ni dos líneas sobre Aornos.


-Más bien la haré estallar, o mejor, haré que zozobre en el oscuro olvido.

El manitú horrorizado por las palabras del maestro exclamó:


-¡Oh, no, no, no! ¡Eso no, no podemos ser olvidados! ¡Tenemos el mejor sistema político!

Aristóteles estalló en carcajadas:

-¡Uf! ¿Está usted bromeando? El sistema político ideal... ¡Es una broma! Yo solo veo pecado aquí. Veo sólo lujuria en las hordas de extraviados que se revuelcan en los abusos obscenos de la carne los cuales conducen, irremediable, a la contaminación del alma haciendo que parezca un negro paisaje poblado de fantasmas donde los cuerpos se entrelazan en posiciones inviables. Estos condenados van y vienen en un siniestro baile buscando nuevas experiencias sórdidas para calmar su apetito feroz que sólo va en aumento. Nada tiene más importancia que la satisfacción de sus bajas pasiones y en poco tiempo se obsesionan de tal modo que se hunden en una tétrica locura.

Veo sólo ira en los pobres diablos que se entregan a sus inclinaciones primitivas para levantar la voz o el garrote contra sus hermanos como merodeadores siniestros que disfrutan de la violencia de sus actos maléficos. Esa gente, empujada por sus impulsos salvajes (o su tendencia hacia lo perverso) se alimenta de carne humana y bebe la sangre de sus víctimas, antes de sembrar la muerte para luego abandonarse a una orgía de vísceras y de humores derramados. Sólo veo avaricia de los que pretenden controlar pero que no hacen nada para cambiar, despreciando los intereses más fundamentales de sus súbditos (los deleitan cuando son ricos pero hacen caso omiso de las necesidades vitales de sus hermanos trabajadores y rechazan dar una hogaza a sus bocas hambrientas). Aquellos demuestran tal egoísmo que toda su sustancia converge hacia un mismo punto central de su organismo convirtiéndose en seres atrofiados y deformes con el paso del tiempo.
Sólo veo glotonería y una extraordinaria opulencia de los ciudadanos, que están obesos por excederse con los alimentos y beber demasiado vino rosado, además del descontrol del sueño que atesoran. Aquellos verán pronto sus lenguas cubiertas con pústulas inmundas y se hincharán como globos, para estallar a continuación como la fruta madura y dispersar, así, sus pobres carnes a los cuatro vientos.

Veo sólo el orgullo y la vanidad de los ciudadanos que se regocijan en la contemplación de su propia imagen y que se arrastran a vivir en la perfección física, moral y política. Todos ellos se convertirán en los más feos y deformes a medida que envejezcan. Acabarán locos de desesperación al volverse monstruos rastreros, como larvas viscosas que no tienen ya nada de humano.

Sólo veo el deseo de unos por las cosas de los demás, los de abajo queriendo poseer tanto como los de la cumbre, deleitándose de lo que podrían sacar de su igual e instrumentalizando la economía lo que corromperá el sistema monetario. Aquellos a los que les gusta demasiado acumular riquezas y creen ser libres de desear, se convierten en esclavos de los deseos por no arriesgar su fortuna: su vida se convierte en un infierno, será una búsqueda desenfrenada e imposible de un número cada vez mayor de cosas terrestres.

Y finalmente, veo desidia, el peor de todos los vicios (si es que lo es) ya que aquí los ciudadanos, en nombre de una oscura profecía, disfrutan de la contemplación absurda de lo que ellos creen que es su destino. Ellos felices e inmóviles desaparecerán por no haber hecho nada bajo los golpes de la espada de Alejandro, ya que no son conscientes de que la acción es lo que produce las victorias, el más noble vehículo de las virtudes.

Ciertamente ya no merecen el nombre de “ciudadanos” y por tanto tampoco merecen el nombre de “hombres”. ¡Serán llamados “vegetales”!

Y Aristóteles calló. El Manitú tenía los ojos como platos y yo no sabía que decir después de tal perorata. El tiempo se detuvo, pero luego el soberano tuvo de repente una reacción violenta.
Aristóteles y yo fuimos expulsados de Aornos después de haber sido insultados hasta la saciedad por el pequeño rey, que había montado en cólera y se había puesto histérico.

Traducido por Casiopea.
Revisado por el Padre Prior Jesus Alfonso Froissart del Campo.


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Hsmeduardo
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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Aristóteles. Libro IV- El Asedio de Aornos   Lun 5 Déc 2011 - 14:31

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EL ASEDIO DE AORNOS

CAPITULO IV:

Aristóteles y servidor, tras haber sido expulsados de Aornos, nos reunimos con Alejandro que esperaba con su ejército a unos cientos de codos de las murallas de la ciudad. El rey no dejó de interrogarnos sobre las defensas del enemigo, a lo que (debo reconocer) no presté ni la menor atención.
Evidentemente no fue el caso de Aristóteles, quien hizo una detallada descripción del dispositivo militar asaceno. Añadió que Aornos era una ciudad corrupta que ignoraba los principios básicos que permitían construir una comunidad y que no era digna de llamarse “República”.
Llegó a la conclusión de que debía ser destruida para fundar en su sitio una ciudad virtuosa y (según sus palabras)"acabar con el error de los espíritus débiles, para sustituir la creencia en la virtud".

De repente sentí una de esas iluminaciones que hacen esperar una pequeña victoria intelectual y creí que podría coger al maestro en un renuncio. Destaqué que había afirmado ante el Manitú que la violencia era algo vicioso (ya que se procedía de la cólera) y que, sin embargo, animaba a Alejandro en su empresa expansiva.

Aristóteles me respondió más bien secamente:


- Nuestra comunidad es gloriosa porque es virtuosa. Esta frase es una realidad perfectamente tangible (no tiene nada de subjetivo) y fundamenta nuestro derecho a establecer sobre toda la superficie del mundo conocido nuestra república para lograr la felicidad de los pueblos. Nuestros principios son verdaderos ya que se extraen del orden natural de las cosas. Somos el espíritu de la república universal.

De ahí en adelante decidí medir mis palabras para evitar ser puesto de nuevo en evidencia por el maestro.

Alejandro rechazaba un asedio de desgaste porque, teniendo en cuenta el estado de nuestras provisiones, los agresores habríamos cedido antes que los sitiados.
Además, nuestras posiciones eran nefastas ya que estábamos expuestos a las líneas de arqueros enemigos con las que el manitú había decidido combatir después de la entrevista que habíamos mantenido con él.
Para protegernos tuvimos que retirarnos y regresar al fango y a la fetidez de los manglares de los que veníamos.
Los hombres no durarían ni tres días en esas condiciones: soportando nubes de insectos, rodeados de serpientes y bajo la perniciosa atmósfera de la ciénaga.
Los generales decidieron entonces realizar un ataque contra la primera de las murallas defensivas esa misma tarde.
Fue una catástrofe. Cientos de soldados perecieron en un asalto inútil.
Los arqueros y los alabarderos enemigos eran temibles. A nuestros hombres no les daba ni tiempo a colocar las escaleras, caían como moscas.
El ariete corrió una suerte también poco envidiable: cerca de la mitad de la tripulación fue asesinada antes de pudiese llegar a intentar romper la puerta. Los supervivientes eran tan pocos que no tenían fuerza ni para manejar el ariete, que quedó abandonado sobre el puente levadizo (como si fuese una ballena varada) tras la huída de los soldados.

Alejandro, hombre loado por su bondad, puso fin inmediatamente la matanza y tocó a retirada. Así las pérdidas se minimizaron. Los generales se reunieron de nuevo y fueron abroncados por el rey de Macedonia. El soberano parecía muy arrepentido del cariz que habían tomado los acontecimientos y reconoció que no esperaba tal resistencia. Entonces un general tomó la palabra y recordó a Alejandro cómo se había gestado el triunfo de la guerra de Troya y el modo en el que Ulises logró infiltrar a guerreros griegos en la ciudad.

Aristóteles impuso silencio:

-Esas leyendas son estupideces politeístas. Es imposible que Troya haya existido porque ningún pueblo puede ser tan estúpido como para caer en una trampa tan burda.
Algún troyano tendría que haber advertido a sus conciudadanos de su estupidez y haberles dicho que un caballo de madera de dudosa procedencia, que estaba vacío por dentro y que por fuera era hasta feo, podía constituir un truco pueril.

El general mostró su desacuerdo argumentando que se trataba de una creencia tradicional, pero Aristóteles le dijo que el hecho de que fuese una creencia milenaria no la convertía necesariamente en verdadera.

Alejandro zanjó la conversación viendo que se acrecentaba la discusión y les dijo que generar polémicas y gritar no le estaba ayudando nada.

Aristóteles hizo entonces una propuesta asombrosa:


- Voy a retar al gran manitú a un duelo y de este combate dependerá la suerte de la ciudad.


Traducido por Casiopea.
Revisado por el Padre Prior Jesus Alfonso Froissart del Campo.

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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Aristóteles. Libro IV- El Asedio de Aornos   Lun 5 Déc 2011 - 14:31

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EL ASEDIO DE AORNOS

CAPÍTULO V:

Tras la horrible noche en la cual la tropa quedó diezmada, Aristóteles habló con Alejandro y lo convenció de que debía retar al Gran manitú en duelo para conquistar la ciudad. Al macedonio no le entusiasmó la propuesta ya que estábamos demasiado perjudicados como para llevar a cabo un nuevo asalto.

Alejandro tomó una decisión y así fue como Aristóteles y yo cabalgamos hasta las puertas de la ciudad armados con pañuelos blancos, con la esperanza de no convertirnos en dianas fáciles para las flechas de los arqueros situados en la cumbre. Reconozco que en algún momento creí que moriría allí. Aristóteles gritó a los guardias:


-¡Permitidme entrar, soy Aristóteles y vengo a dialogar con el Gran manitú de la Serpiente Cósmica!

Las puertas de la ciudad se abrieron para dejarnos pasar, así que iniciamos el recorrido por las calles hasta que llegamos al pie del templo donde fuimos conducidos ante el manitú. Cuando estuvimos frente a él pude ver la ira en sus ojos, mezclada con orgullo y placer por haber diezmado buena parte de las tropas de Alejandro repeliendo, así, el asalto macedónico.

El manitú parecía esperar algo de Aristóteles, así que el griego, haciendo uso de su inteligencia no dejó pasar la oportunidad e increpó al flacucho de modo muy poco amable:


-Gran manitú, hemos venido a hacerte una propuesta. Quieres que escriba sobre Aornos para que la ciudad no caiga en el olvido, sin embargo a mi me gustaría hacerla desaparecer de la faz de la tierra.
¡Te reto a un duelo dialéctico en la plaza delante de tu pueblo para sellar la suerte de Aornos!
Si ganas yo escribiré sobre la ciudad, pero si pierdes tú y tus hombres abandonareis la ciudad para siempre!

El del mostacho quedó desconcertado y respondió con una sonrisa perversa:

-Acepto. Si gano tú escribirás y te irás. Nos enfrentaremos mañana, mientras tanto aprovecha para descansar en el recinto del templo.

Así que pasamos la noche en el templo.
Al día siguiente mientras íbamos de camino hacia la plaza Aristóteles dijo:


-Ha llegado la hora de la verdad. Luchará el raciocinio contra la retórica.

El lugar estaba repleto cuando llegamos y recibimos empujones de una muchedumbre vengativa. El filósofo sufrió una caída y me apresuré a ayudarle a levantarse, momento en el que el gran manitú llegó exhibiendo una amplia sonrisa. Exclamó:

-¿No evita tu Dios que sufras una caída tan ridícula?

Aristóteles lo saludó y me hizo una seña para que me marchase. Un soldado agarró al maestro y lo conminó a responder antes de tirarlo al suelo con violencia. Intenté entonces acercarme a mi amo, pero los guardias me bloquearon el paso.
Se levantó con calma, decidido a no ceder ante la violencia, aunque resultaba difícil no sentirse frustrado.
El gran manitú por fin habló:


- ¿Por qué no te defiendes en lugar de seguir sufriendo? Solicitaste un combate dialéctico, así que ¡habla! En caso contrario yo te consideraré perdedor y deberás cumplir tu palabra escribiendo sobre la ciudad.

Aristóteles miró al hombre y le espetó:

- ¿Un discurso es verdadero cuando se humilla a un interlocutor? ¿Qué tiene que glorioso reírse de que el enemigo esté tirado en el suelo? ¿Es esa tu manera de debatir? En ese caso tu pueblo tiene un guía muy pobre.

El gran manitú, con la cara roja de cólera replicó:

-Para mi pueblo soy el sujeto y el verbo, no necesitan nada más.

A lo que Aristóteles, plenamente satisfecho, respondió:

-En efecto, si el pueblo es una frase su dirigente es el sujeto y el verbo, pero todavía hace falta que todo esté bien conjugado para que tenga sentido. ¡A eso yo lo llamo “Dios”!

Yo presenciaba la escena de cerca; Aristóteles se enfrentaba al Gran Manitú y ambos, rodeados de guardias, combatían ante una multitud tan viciosa que ansiaba ver sangre. Entonces empecé a ver a gente que se mostraba de acuerdo con las palabras del filósofo, más carismático que su adversario, el cual, bajo su grotesco bigote y su cara roja de frustración, se ponía en ridículo cada vez más. Sus ojos se llenaron de odio y Aristóteles se dio cuenta. Hizo una alusión:

- ¿Qué guía pierde su templanza de ese modo?

No había pasado por alto el cambio de opinión del pueblo, amontonado en torno al espectáculo, así que jugó limpiamente:

-¡Pueblo de Aornos mirad bien a vuestro manitú, con sus aires de grandeza y sus caros adornos, es la viva imagen de la corrupción! ¡Mirad el desprecio que muestra hacia vosotros!

El gran manitú se sintió como si se lo fuese a llevar el viento y en un acceso de ira decidió acabar con el duelo. Cogió entonces la daga de un guardia y se abalanzó sobre Aristóteles gritando:


- ¡Mira cómo te doy la razón y a ver cómo resuelve esto tu inspiración!

Haciendo uso de la fuerza y el peso de su adversario, el griego lo agarró del brazo y lo hizo girar en el aire, defendiéndose así del golpe mortal. El manitú mordió el polvo con todo el peso de su cuerpo y la muchedumbre aplaudió al unísono.
Aristóteles dijo con aplomo:


-¡Mirad cómo demuestra que tengo razón!

Se dirigió entonces a la marioneta de papel que se extendía delante de él:

-¡Sois el juguete de su desidia que, en su estrecho cerebro, es fiel reflejo de su enfermedad! ¡Aornos seguirá siendo la consecuencia de su eterna incompetencia!

Finalmente levantó los brazos e hizo tomar partido a la multitud mirando a su alrededor:

-¡Aornos despierta y no dejes que este infame villano juegue más contigo!

El pequeño dictador se puso en pie con dificultad y lanzó una mirada llena de odio antes de ordenar a sus guardias que asesinaran a Aristóteles. Fue entonces cuando la masa de curiosos que se arremolinaba alrededor del acontecimiento defendió a Aristóteles. Antes de que los guardias pudiesen desenvainar sus armas fueron lanzados contra el suelo y tuve que apartarme rápidamente para no acabar pisoteado.
Así terminó el asedio de Aornos, con la victoria de Aristóteles sobre un tirano sin consistencia y por la ira de un pueblo que había estado demasiado tiempo explotado. El gran jefe y los pocos guardias leales a él fueron expulsados por la masa enfurecida. Aristóteles, por su parte, (erigido en héroe y exterminador del mal) fue llevado por la multitud a las puertas de la ciudad. Alejandro contempló la escena boquiabierto y tuvo que reconocer una vez más el talento inestimable de su amigo, llevado por su fe en Dios.
De este modo, el macedonio ordenó al resto de sus tropas sitiar Aornos. Aristóteles aseguró al pueblo convertido en dios que se trataría de un pequeño mal con el que a la larga obtendrían benefícios.



Traducido por Casiopea.
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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Aristóteles. Libro IV- El Asedio de Aornos   Lun 5 Déc 2011 - 14:31

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EL ASEDIO DE AORNOS

CAPÍTULO VI:

La tarde en la que triunfó la palabra Alejandro, Aristóteles y servidor pudimos comprobar el entusiasmo que reinaba en la ciudad de Aornos. Las palabras del profeta habían sido tan impactantes que todos los habitantes habían acudido a ver a este hombre quien era ya considerado por todos ellos el nuevo guía. Si miro hacia atrás todavía recuerdo perfectamente el sentimiento de libertad y de alegría que envolvía entonces a Aornos, los poderosos corruptos habían sido expulsados por la plebe y otros se habían reunido al pie del templo del Gran Manitú, donde Aristóteles, Alejandro y sus generales habían establecido su cuartel. Enviaron a un representante a entrevistarse con el griego y hablar de la suerte que correría la ciudad.

El hombre que se presentó delante de nosotros era joven, se llamaba Jeremias, iba vestido con ropas sencillas y había sido elegido porque siempre había comprendido que Aornos estaba en declive. Jeremias era filósofo y respiraba la virtud. Se acercó humildemente a Aristóteles y lo saludó con deferencia antes de decirle estas palabras:


- Aristóteles, su victoria nos ha abierto los ojos, la ciudad queda limpia de toda mancha con la desaparición del Gran Manitú. Nos confiamos a su sabiduría para guiarnos en nuestro futuro.

Aristóteles de quedó callado durante un largo rato y Alejandro no intervino, dejándole al filósofo que saborease su victoria.
El griego desplegó su esplendor para responder al que le hacía frente:


- Aornos fue la sede de todos los vicios y pecados, la ciudad estuvo guiada por la corrupción y la desidia, pero todo eso se ha acabado.
Antaño tuve un sueño, el de una ciudad ideal, la que creía haber encontrado al llegar a Aornos, pero que produjo mi espanto al ver lo que vi. Debemos ahora construir una nueva vida, es por ello que voy a escribir los preceptos que convertirán a Aornos en la ciudad de mis sueños.

En el transcurso de los días siguientes, Aristóteles ordenó que no se le molestara bajo ningún pretexto y se encerró en una habitación con algunos víveres y un poco de agua. Aproveché la tregua para explorar los callejones estrechos de Aornos y escuchar lo que se decía por allí. El pueblo se había encontrado en la amistad, las clases habían sido abolidas y la gente compartía una intención única: vivir juntos en armonía perfecta.
Estaba seguro de que aquello no duraría y de que este estado se debía a los últimos acontecimientos. Jeremias había explicado al pueblo lo que Aristóteles le había dicho y se quedaron a esperar sólo una cosa: poner en práctica los preceptos de los que hablaba el profeta. Alejandro gozaba de los beneficios de una victoria inesperada y aprovechaba para descansar un poco dejando a sus generales al mando para mantener el orden si fuese necesario. En pocas palabras, te puedo decir ahora que aquellos momentos pasaban por mi mente como un punto de inflexión en la historia de Aornos.
Exactamente siete días después de la victoria, Aristóteles, que no había dado señales de vida durante todo ese tiempo, salió por fin de su retiro. Le pidió a Alejandro que llevase ante él a Jeremias y le expuso el fruto de su trabajo de manera pacífica y mirándolo con convicción:


- Aornos será una ciudad ideal y perfecta donde todos vivirán en armonía. El equilibrio será tan sólido que nadie podrá romperlo y todos serán acogidos allí como hermanos. Esta ciudad se organizará según el principio de los tres círculos concéntricos, o tres clases de ciudadanos.

Y Aristóteles expuso así cada etapa de la organización del nuevo Aornos. Explicó que la ciudad debía mantener el mismo nombre, para probar a todos que el corazón del hombre puede cambiar y volver de la sombra a la luz. Jeremias y Alejandro bebieron estas palabras llenas de sabiduría y todos nosotros comprendimos que no había otra alternativa que aplicar estos preceptos tan justos.

Nos quedamos seis meses en Aornos, ayudando a Jeremias a ejecutar lo que Aristóteles había escrito, trabajando sin tregua para recrear la ciudad con la que el profeta había soñado y ofreciendo a cada habitante el por qué de cada decisión. Hoy en día puedo decir que fue un trabajo ingente, porque en el momento en el que escribo estas líneas, Aornos todavía brilla gracias a la llama que Aristóteles prendió en ella. Alejandro apoyó todas las acciones y aceptó cada punto ya que creía que estaba en deuda con su amigo. Durante una conversación, viendo el interés que yo tenía en las sabias palabras del Profeta, Alejandro me explicó que no habría podido oponerse al proyecto de "ciudad ideal" de su amigo. Efectivamente, me había contado que nunca lo había visto tan decidido a destruir el vicio antes de su llegada a la ciudad.

Durante aquel semestre, Aristóteles le enseñó a Jeremias y a otros habitantes de la ciudad las sutilezas de la fe, les hizo divisar la belleza del amor del Altísimo y ancló sólidamente en su corazón el fervor y la amistad. Fundaron la “clase de oro” (la de los filósofos- reyes, el tercer círculo de Aornos) y practicaron la virtud con una gran humildad. Cada uno se hizo sacerdote y juntos orientaron a Aornos hacia la luz. Fueron ellos, con la ayuda de Aristóteles, quienes constituyeron los dos otros círculos: la “clase de plata” (constituida por soldados) y la “clase de bronce” (compuesta por los productores).

Así pues, Aornos conoció una era de esplendor, mezclada con fe y amistad donde cada uno encontraba su sitio de manera natural. Cuando esta espectacular y próspera obra estuvo acabada decidimos retomar el largo periplo que habíamos comenzado. Aristóteles, que había soñado con esta ciudad ideal, explicó que todavía debía continuar su obra a través de los reinos y Alejandro se reencontró en el camino con sus ejércitos. Dejamos así Aornos en las manos de Jeremias y de los filósofos reyes para no regresar allí nunca jamás. Nuestro camino nos condujo a las puertas de Atenas (ciudad que habíamos abandonado hacía tanto tiempo) con el alma llena de valiosos y eternos recuerdos.



Traducido por Casiopea.
Revisado por el Padre Prior Jesus Alfonso Froissart del Campo.

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Hsmeduardo
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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Aristóteles. Libro IV- El Asedio de Aornos   Lun 5 Déc 2011 - 14:32

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LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL PROFETA:

Yo, Posidonia, nieta del Profeta de Dios, Aristóteles, la hija de Nicómaco, te voy a contar los últimos días de la vida de mi abuelo.
Después de la muerte de Alejandro de Macedonia, Aristóteles se vio obligado a huir precipitadamente de Atenas.

De hecho, Alejandro lo había protegido siempre, pero con su desaparición sus opositores no vacilaron en tratar a mi abuelo de loco peligroso debido a que creía en la existencia de un solo Dios y así lo enseñaba.

Los defensores de la religión oficial no lo soportaron más y en cuanto conocieron el fallecimiento de Alejandro liberaron toda su maldad y comenzaron a agitar a la población en contra de mi abuelo.
Su casa fue quemada y a mi padre, Nicómaco, le arrancaron los ojos.
Aristóteles decidió abandonar Atenas para unirse a Calcis.

Una vez instalados, me uní a ellos, pero los últimos acontecimientos habían ensombrecido a mi abuelo quien fue perdiendo fuerza a pasos agigantados.

Fue entonces cuando nos enteramos del nacimiento del hijo de Seleuco, el compañero de Alejandro, que había sido siempre el más receptivo a las enseñanzas de mi abuelo. Su mujer, Apama, había dado a luz a un niño que había sido llamado Antíoco (el nombre del padre de Seleuco).

Los ojos de mi abuelo empezaron a brillar y como si hubiese recibido una iluminación divina me anunció que tenía que ver a aquel niño.
Hice entonces enviar un mensajero a Seleuco, invitándole a venir con su hijo a visitar a Aristóteles.

Seleuco aceptó de buen grado y llegó un mes después con su esposa e hijo.

Durante ese tiempo, Aristóteles hablaba a menudo con mi padre con el fin de prepararlo para su futura misión: convertirse en el preceptor del joven Antíoco.

Pero su salud pronto empeoró de nuevo y lo encontré en la cama cuando pasé por su habitación a anunciar la llegada de Seleuco, en ese instante su rostro se iluminó y de repente recobró las fuerzas.

Me pidió que lo ayudase a vestirse y se reunió con Seleuco quien se mostró muy feliz por ver de nuevo a su viejo maestro de la época en la que tanto él como Alejandro habían sido sus alumnos...
Aristóteles lo abrazó y dijo:


-Seleuco, me hace muy feliz verte de nuevo y tengo cosas importantes que decirte, pero primero, enséñame a tu hijo.

Seleuco se volvió hacia Apama quien acercó a Antíoco a mi abuelo.
Aristóteles lo miró intensamente y dijo:

-Joven Antíoco, tu destino será inspirado por Dios. Por tu intercesión, miles de hombres de diferentes pueblos se convertirán a la palabra del Dios verdadero. Y en alguna de esas naciones nacerá un hombre que terminará lo que yo he comenzado.

Luego volviéndose hacia Seleuco añadió:

-Haz que tu hijo viva en la Fe en Dios, enséñale lo que aprendiste de mi, prepáralo para la misión que Dios le confió. Para ayudarte, te doy a mi hijo, Nicómaco, que será el preceptor de tu hijo.

Seleuco se quedó sin palabras ante la profecía que el gran Aristóteles acababa de revelar, según la cual su hijo había sido elegido por Dios para una misión muy importante.
Aristóteles le entregó un sobre lacrado que ponía "Para Antíoco" y le dijo que debía ser entregada a su hijo cuando este tuviese 15 años.

Seleuco le dio las gracias y lo abrazó efusivamente.
Mi abuelo se despidió de su hijo a quien había preparado durante un mes, sabiendo que esta sería una separación definitiva. Observó cómo se alejaban, luego, invadido por un enorme cansancio se quedó dormido.
Por la noche, el esclavo Perfidias (quien había llegado de Atenas con un ánfora de vino cuyo extraño contenido olía a cicuta) abandonó el hogar con la satisfacción del trabajo bien hecho y del deber consumado. Después de siete días de inconsciencia, Aristóteles se despertó mientras yo lloraba a su lado, abrió la boca y susurrando me dijo estas palabras:


-Mi camino sobre la Tierra está acabado, hay todavía tanto que hacer, pero el tiempo que Dios me ha concedido se acaba. Antíoco hará germinar la semilla que florecerá con Christos...


Dijo este último nombre casi con una voz inaudible y su espíritu lo abandonó... Yo no sabía nada de Christos , ni sabía de lo que me estaba hablando ...

Soy vieja y pronto me reencontraré con mi abuelo.

Tal como predijo Aristóteles vi a Antíoco (preparado por mi padre) convertirse en rey de un gran imperio, lo vi transformar en religión de estado las enseñanzas de mi abuelo, lo vi convertir a miles de hombres muy diferentes. Vi la palabra del Señor difundirse en nuestro mundo.
En cuanto a Christos, yo no lo conocí...



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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Aristóteles. Libro IV- El Asedio de Aornos   Lun 5 Déc 2011 - 18:03

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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Aristóteles. Libro IV- El Asedio de Aornos   

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