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 El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos

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Hsmeduardo
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MessageSujet: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos   Ven 20 Jan 2012 - 2:04

Citation :


Vida de Christos

por Samoht, año LXXXVII.

Esta es, hermanos, la heréncia que os transmito en forma de estos pergaminos.

yo, Samoth, un hombre viejo que será llevado pronto, o eso espero, por el Señor para ser reunido con Él en su reino, he plasmado aquí todas mis memorias sobre el que se llamaba Jeshua pero a quien todo el mundo llamaba Christos, y el que marcó el mundo de su impresión indeleble.

Conocéis, queridos hijos, a este gran hombre delgado y bello,que irradiaba felicidad divina, que recorria los desiertos cayado en mano. Enseñaba el mensage de Aristóteles a los hombres para salvarles de sus pecados. Él fue el Mesías tan esperado; el guía tan esperado.

Le conocéis, vosotros, todos los quienes ecuchásteis numerosos testimonios de su persona, testimonios divergentes, a menudo misteriosos, pero que se poníande acuerdo sobre el destino excepcional de este hombre habitado por Dios.

Hoy mis fuerzas me abandonan, amigos, i no creo que sobreviva al invierno. Pero he decidido explicaros su historia como la vivi hace mucho tiempo. He trabajado de tirón, incluso hasta por la noche, con la luz de mi vela...He registrado en mis memorias a fin de resaltar la verdad y lo que es justo, y de deshacerme de aquello que el tiempo no ha dejado de deformar, exagerar y de hacer incluso más bonito.

No obstante, aún y habiendo tomado dichas precauciones, su vida aparece en mi como un espejismo, como un sueño fulgurante, como el misterio de una belleza exaltante y melancólica. Sin embargo hoy, cuando me apoyo en mi bastón, cuando subi sobre mis débiles piernas para admirar la belleza de la Creación, no puedo abstenerme de reprimir un hipido; la luz del Sol de este día aún me parece impregnada por el cuerpo y el alma de Christos.

La naturaleza tambien testimonia la potencia y la bondad del Señor. En cuanto a la vida, ella misma es una prueba de esta trascendencia tan inquietante.

Mis lágrimas de alegria están destinadas a Dios, en agradecimiento por habernos creado y por el enorme don que nos hizo enviandonos al Mesías para salvarnos. Podríais también, hermanos, llorar de felicidad leyendo estas líneas...Tal vez entonces no habré faltado en la misión que me confió Christos ya hace varias décadas.

Así, tres siglos después que Aristóteles hubiese revelado la palabra divina, los que tenían fe en el Eterno, aún confrontados con la omnipotencia de varios cultos paganos que sacrificavan a sus múltiples falsos dioses, incluïdos algunos que se habian apropiado de las enseñanzas de Aristóteles para desviarlos de la verdad. Pero la verdadera fe no estaba ausente en las almas de los hombres y las mujeres de la éoca, que se enfrentaban a diario con las convicciones erróneas de estos peadores. Todo verdadero creyente esperave que la profecía de Aristóteles se cumpliese y que el MEsias llegase para confirmar el mensaje del Eterno...





Traduït per Ignius de Muntaner en segunda traducción.


Dernière édition par Hsmeduardo le Ven 20 Jan 2012 - 2:46, édité 1 fois
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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos   Ven 20 Jan 2012 - 2:04

Citation :



Capítulo 1:

Cuando conocí a Christos, le gustaba hablar durante horas, con una voz tan apasionada como emocionante. Bebíamos sus palabras con fervor y alimentábamos nuestras almas. Fue en una de sus discusiones en la que Christos nos relató su infancia. Así os lo cuento, hijos míos, porque esta parte de su vida fue tan bella como lo que viví a su lado.

María vivía con Giosep e iba a casarse con él. Ambos eran vagabundos humildes, pero vivían en la virtud, agradecidos de los beneficios terrestres de los que gozaban. Además, sentían el uno hacia el otro un amor sincero y limpio de toda lujuria, sus vidas eran felices. Pero un día, María se encontró, en sueños, con un jinete que venía de lejos. Paró delante de su casa y puso pie a tierra. Era un hombre de paso majestuoso, se adelantó y dijo:

"María, no tengas miedo, porque el Eterno te quiere y te eligió. Por ello, un niño va a nacer de ti, que nombrarás Jeshua. Será un guía, un Mesías habitado por Dios. Llevará la palabra de Dios por donde vaya y salvará el pueblo de sus pecados enseñándole la sabiduría de Aristóteles. "

El jinete regresó a su región lejana tal y como había venido. María se despertó en ese momento y vio a Giosep delante de ella observándola con ojos de enamorado.

Y ocurrió lo que el sueño había anunciado, María concibió un niño y ambos padres hicieron lo que rezaba la profecía de Aristóteles, llamándole Jeshua.

El Niño nació en Belén, en Judea. A causa del aumento demográfico que existía entonces en la ciudad, encontraron solo una cabaña en ruinas para alojarse, ya que no había lugar en otra parte donde pudiesen acogerlos. Cuando el niño nació todos los que lo vieron se dieron cuenta de que estaba dotado de la gracia divina, porque irradiaba dulzura y tranquilidad. De ese modo, la gente del pequeño pueblo contribuyó a que el niño bendecido por Dios tuviese todo lo que fuera necesario. Unos llevaron ropa blanca, otros contribuyeron a la reparación de la pequeña casa y otros llevaron ropas nuevas y comida a los felices padres.

María fue transfigurada por la felicidad. Su alegría la iluminaba y daba gracias cada día al Altísimo por el nacimiento de aquel niño.

Fue, en esa calma apacible, en la que Jeshua comenzó su vida, lejos de toda violencia y de toda perversión, hasta que...




Traducido por Monseñor Ubaldo.
Revisado por Casiopea.


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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos   Ven 20 Jan 2012 - 2:06

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Capitulo 2:

Pero María estaba demasiado feliz por ser madre del que se convertiría en el Mesías para contener su lengua. Un día, mientras que iba a la fuente por agua, se cruzó con una cortesana del rey de Judea llamada Elitobias.

Elitobias, una erudita que servía a la vía del Estado con celo, vivía en un lujo insultante, alimentándose de carne, de pescados, de leche... Tenía la costumbre de burlarse de la pobreza de María.


"Yo, decía, yo sirvo al gran rey de esta región, nuestro querido Mistral IV".

Entonces, María cometió un error, no pudiendo soportar más el sarcasmo de Elitobias le respondió:

"Y yo soy la madre del Mesías, de Jeshua, que llevará el mensaje de Aristóteles y que destronará definitivamente a sus reyes falsos y sus profetas ficticios. Mistral IV es un rey temporal, mi hijo lo superará en carisma y su nombre quedará grabado en las memorias muchísimo más tiempo que tu Rey".

Entonces, Elitobias, que creía en los sueños y en los signos del destino, quedó perturbada. Volvió precipitadamente al palacio de Mistral IV para prevenir a su dueño.

Mistral IV parecía un hombre de mármol, como una estatua pulida por el paso del tiempo. Era tenebroso, estaba viudo y se había convertido en un desconsolado de mirada triste y lejana. Un príncipe que había combatido a los medos gracias a un astuto sistema de poleas y de carretas. Pero sus días de gloria quedaban lejos y se había convertido en un rey silencioso e indiferente a las miserias de su pueblo. Sediento de poder, pretendía dirigir a sus tropas pero dejaba a su mujer al cuidado del reino. Abandonaba el oro de su palacio sólo para reprimir una conspiración o sofocar una rebelión.

Cuando oyó a Elitobias, por la cual sentía una cierta preferencia, contar lo que había oído quedó sorprendido. Entonces le preguntó:


"¿Quién es ese mequetrefe que se hace llamar Jeshua y que es eso de que salvará su pueblo? ¿Dónde puedo encontrarlo? ¿En qué pueblo? ¿En qué fonda?"

Elitobias proclamó entonces su discurso de chivata esperando merecer así la gracia del rey de belleza gélida.


"Según lo me contó María, Jeshua es el Mesías, el guía, el espejo de la divinidad. Es el anunciado de Aristóteles y, según su profecía, les aportará a los hombres la buena palabra y confirmará los preceptos Aristotélicos. Su influencia será grande y sus discípulos numerosos, que se reconocerán en él y en Aristóteles para los milenios que vienen. Usted podrá encontrarlo en Belén".


Ante estas palabras, Mistral sintió cómo volvían a él sus antiguas supersticiones, así como la memoria de la fe que había sabido reprimir y ahogar en su corazón. Tenía miedo de perder su trono y consideraba seriamente la amenaza. Llamó a sus guardias y les dijo:

"Guardias, un niño que podría conjurar contra mí acaba de nacer. Hay que impedir que lo consiga cueste lo que cueste. Se encuentra en Belén y se llama Jeshua. ¡Encontradlo y matadlo! ¡Usad el astuto sistema de poleas y carretas!".

Entonces, la guardia del rey cumplió la orden y fue hacia Belén.

Aquella noche María tuvo otro sueño. Vio de nuevo al jinete que le había anunciado el nacimiento de Jeshua. Se le apareció a María y le dijo:


"¡Levantaos! Tomad a Jeshua con vosotros y poneos en camino. Dirigíos hacia el Norte, hacia la Isla de Chipre y quedaos allí hasta que se os avise. Porque Mistral quiere matar al chico".

Los padres se levantaron, cogieron de su humilde choza las hogazas de pan y espigas de maíz que les quedaban y comenzaron la marcha con destino al Norte, pasando por Tarotshé. Dejaron el país y se quedaron en Chipre tanto tiempo como duró la amenaza.

Mistral IV cuando fue informado por sus guardias de que los padres habían huido del país se puso furioso y dijo:


"¡Guardias, Giosep y María son unos provocadores! ¡Se burlaron de mí y se han convertido en culpables de traición por desobedecer un edicto real! ¡Que sean asesinados inmediatamente! En cuanto a este hijo de… de… no puede llegar a reinar. Id, buscad a todos los niños menores de dos años y matadlos, lapidadlos si es necesario".

Los famosos ejércitos de Mistral, aquellos que eran capaces de levantarse en masa en solamente durante algunas horas recorrieron todo el país. Registraron cada pueblo y cada fonda, dejando mensajes donde pedían a la población que presentasen a las autoridades a todos los niños de menos de dos años, para censarlos.

Y la gente del pueblo inocentemente presentó sus hijos o sus ahijados a las autoridades sin darse cuenta del drama que iba a acontecer.
Y oímos llantos, gritos y vimos de la sangre, el sudor y las lágrimas. Estos guardias, que eran horribles, sucios y malvados degollaban a las almas inocentes delante de los ojos de sus padres.

Y el tenebroso, desde lo alto de su trono, observaba la matanza silenciosamente, melancólico y frío. Tras esta crisis, el rey recayó en su silencio letárgico. Incluso olvidó durante los años posteriores alimentarse y perdió fuerzas. Se volvió débil, luego esquelético y al fin falleció.

En Chipre, los padres se enteraron de la muerte de Mistral y pensaron que la vida de Jeshua ya no estaba en peligro. Entonces, Giosep y María decidieron volver en Judea, pero eligieron no llamar a su hijo Jeshua sino Cristos, para no atraer la atención sobre él. Tomaron de su choza las hogazas de pan y espigas de maíz que se les quedaban y tomaron el camino que se dirigía al Sur, pasando por Tarotshé. Llegaron por fin a una ciudad llamada Nazareth para cumplir la profecía de Aristóteles.





Traducido por Monseñor Ubaldo.
Revisado por Casiopea.


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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos   Ven 20 Jan 2012 - 2:09

Citation :



Capítulo 3:

Christos pasó su infancia en el pueblo de Nazareth donde fue criado por su padre Giosep, el carpintero, y su madre María.

Como Christos era un niño ejemplar y lleno de amor fue muy querido por todos sus vecinos. Una mujer, benévola entre los bondadosos le ofreció a la pareja un pequeño huerto. Así, mientras Giosep iba a cortar leña en el bosque vecino, María cultivaba plantas. Este alimento sano parecía obrar maravillas en Christos que a lo largo de su infancia dio prueba de un carisma extraordinario. Sus palabras eran brillantes y cuando hablaba todos lo escuchaban con atención sin atreverse a interrumpirlo.

María, que se ocupaba de su cosecha de verduras, pudo enseguida comprar un pequeño terreno donde algunos carneros pastaban tranquilamente.

A Christos le gustaba ocuparse de estos animales. Cuando se le preguntaba por qué lo hacia, refiriéndose al trabajo, Christos respondía:


"Dios concedió a los humanos el trabajo para que cada día merezcan ser llamados Hijos de Dios. Nos permitió ser superiores a los animales y los únicos beneficiarios del don de la palabra, porque somos los únicos capaces de amar sin esperar nada a cambio. Me gustan estos carneros y estas ovejas, no porque espere que me devuelvan el cariño que les doy, sino porque son igual que nosotros creaciones del Señor".

Christos a menudo ayudaba a su padre a transportar los estéreos de leña del mercado hasta su casa y allí contemplaba como Giosep trabajaba la madera y le daba forma.

Un día, Christos dijo:


"Esta madera que tú cepillas y que cortas para hacer armazones, es la imagen del mundo. Porque el mundo es como los edificios, por eso, es importante trabajar con amor y atención. Los hombres como los pilares y edificaré sobre ellos la cima de mi Iglesia".

María preparaba una comida mezclando pan duro con maíz y leche todo hervido en jarra.

Y Christos dijo:


"Este plato que tú preparas, estos alimentos que tú mezclas y vuelves a mezclar son la imagen de los pueblos.
Porque estos deben mezclarse para entenderse y emanar ese aroma de felicidad".


Giosep y María enseñaron a su hijo los principios de la virtud. Christos demostraba poseer una receptividad extraordinaria. No había que aplicar sus preceptos: los vivía plenamente. Respiraba la virtud y todo habitante del pueblo se sentía inspirado con su ejemplo.

Además, Christos adoraba pasear por los campos y los desiertos, pasar tiempo en medio de la naturaleza admirando la belleza de la creación. Pisaba las hierbas altas y gastaba sus sandalias en el polvo de las dunas. Se aventuraba por las sendas, subía a las montañas y contemplaba el mundo, en el que admiraba la armonía y la disposición de los elementos. Posiblemente pensaba entonces en el origen de estas bellezas.

Así fue como pasó su infancia y creció entre la gente a la que amaba.





Traducido por Monseñor Ubaldo.
Revisado por Casiopea.


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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos   Ven 20 Jan 2012 - 2:09

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Capítulo 4:

Cuando alcanzó la edad adulta, Christos decidió dejar a sus padres para recorrer el mundo y ayudar a su prójimo. Iba cargado de ideas fructíferas sobre los preceptos de Aristotéles y el mensaje de Dios.

Se despidió de sus padres y se aventuró a ir al país de Judea. Anduvo sobre caminos escarpados, subió montañas, descendió por llanuras, atravesó ríos.

Durante la peregrinación, conversó con numerosas personas, a menudo vestidas de harapos, que buscaban en el vagabundeo y la meditación un medio para alcanzar una verdad mayor. Christos habló con muchas de estas personas enriqueciéndose con sus experiencias y su humanidad.

Había individuos extravagantes, locos y delincuentes. Muchos de estos vagabundos rechazaban el trato humano, la sociedad y la vida en la urbe.

Entonces, trataba de acercarse a estos pobres humanos, les hablaba y les explicaba la filosofía de Aristotéles y las enseñanzas del Altísimo.


"Aristotéles, decía, nos enseñó que el hombre sabio debe participar en la vida de la Ciudad. ¿Vosotros, amigos míos, sois felices? ¿Estáis perdidos en medio de ninguna parte? Amigos míos, sabeis que el Hombre está hecho por naturaleza para vivir en el seno de sus semejantes".

Dicho esto, Christos matizó sus palabras:

"Aún así no olvideis que cada hombre tiene posee su individualidad, cada hombre tiene su propia relación con Dios y con la naturaleza. Por ello, para no olvidar eso y para encontrar los recursos necesarios para la reflexión, a Dios le agrada que podais retiraros de vez en cuando más allá de la ciudad, con el fin de reencontraros con vosotros mismos en la oración y la tranquilidad, el sosiego y la concentración de vuestro espíritu.
Los retiros son un medio para alejarse de la ciudad, para contemplarla y apreciarla mejor."


Su capacidad de persuasión era tal que todos los que cruzaron su camino quedaron convencidos. Y después de haber hablado con Christos regresaban a la ciudad suscitando en los aldeanos sorpresa y alegría.

Eran tiempos difíciles y todos esperaban la llegada de un mesías. Así que, esos días, mucho volvieron a su casa diciendo:


"Cristos, nuestro salvador, ha llegado tal y como dice la profecía de Aristotéles".

Pero Cristos mismo sentía la necesidad de retirarse para recogerse. Por ello, se aisló del mundo adentrándose en el desierto. Su retiro espiritual duró cuarenta días.




Traducido por Monseñor Ubaldo.
Revisado por Casiopea.



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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos   Ven 20 Jan 2012 - 2:10

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Capítulo 5:

Jeshua caminaba por las dunas desde hacía ya varios días bebiendo el agua de su odre y comiendo los saltamontes que encontraba en la arena. Cuando se sintió agotado sintió el deseo de detenerse y no moverse más. Le parecía que una fuerza misteriosa le decía:


"Detente, Christos, hijo de Giosep, ya que está cansado. Si quieres puedes dar media vuelta y volver a tu casa sin agotarse".

Era la criatura sin nombre, la que vivía en la sombra desde los tiempos milenarios. No quería que a través de Christos la palabra del amor de Dios se propagase. Por eso había decidido corromperlo con el fin de desviarlo de su justa misión. Si las raíces del árbol se ennegrecían, entonces el arbol nunca tendría frutos.

Cristos respondió, sin encolerizarse:


"¡Vete tú que quieres perderme en la pereza, yo continuaré porque el mundo pertenece a los que se levantan temprano!"

Y la tentación de descansar se disipó en ese instante.

Como Jeshua ayunaba desde hacía días tenía cada vez más hambre. Sentía que su estómago le dolía y sentía la tentación de abrir las últimas provisiones que le quedaban en su bolso de piel de oveja. La criatura sin nombre, dotada de un carisma excepcional le decía:


"Abre tu bolso, Christos, hijo de Giosep, ya que tienes hambre. Come esa carne y ese pan que te esperan… Siempre podrás dejar los saltamontes para más tarde".

Christos respondió, sin enfadarse:


"Vete tú, que quieres perderme en la glotonería. No abriré mi bolso porque el mundo pertenece a los que saben aguantar el hambre. "


Christos estaba en el medio del desierto, estaba cansado, tenía hambre y su cuerpo le dolia. De repente en el horizonte, delante de él, tuvo la impresión de ver un oasis. Era un pequeño lago rodeado de matorrales verdes. El oasis todavía estaba lejos pero unos gritos de alegría parecían escaparse de él. Cristos enseguida reconoció siluetas femeninas desnudas que se bañaban en el estanque. La voz melosa de la criatura sin nombre le dijo:

"¿A que esperas Chistos, hijos de Giosep, para reunirte con ellas? ¿No las oyes? ¿Esas bellas mujeres que te llaman? ¡Son todas para ti! ¡Y además hermosas, caramba!".


Cristos respondió, sin encolerizarse:

"Vete, tú, espíritu del vicio, que quieres perderme en la lujuria. No me desviaré de mi camino, porque enseguida este oasis y estas mujeres van a desaparecer de mi vista".

Y en efecto enseguida la imagen del oasis se disipó dejando a Christos la visión de un desierto extenso hasta el horizonte e iluminado por el sol.

Como Jeshua continuaba caminando sin mirar atrás, vió de repente delante de él la imagen de una gran ciudad. Esta ciudad era magnífica, las torres y las murallas no disimulaban su riqueza y las casas, adornadas de oro y de pedrerías, parecían estar iluminadas por mil llamas de fuego. Una cúpula que debía ser la del palacio del alcalde sobresalía. La voz dulce de la criatura sin nombre dijo a Cristos:


"¡Ve a esa bella ciudad y contempla su riqueza! Si quisieras podrías llegar a ser el alcalde, con los talentos que tú posees. Porque de verdad, fuiste capaz de ayunar durante todos estos días, así como de resistir al cansancio y a las mujeres. ¡La fuerza de tu carácter podría llevarte muy lejos!".


Entonces Cristos le respondió, sin encolerizarse:

"Vete tú, espíritu maligno, que quieres perderme en el orgullo, la envidia y la avaricia. Resistiría también a estos pecados, porque es mezquino caer en sus impulsos".

Entonces la criatura sin nombre dijo:

"Dios nos convirtió en sus hijos porque somos la más fuerte de sus criaturas. Entre nosotros soy su preferida, porque soy el más fuerte de todos nosotros. Entendí que el fuerte debía dominar al débil, como vosotros los hombres, dominais a las vacas,a los cerdos y a los carneros. Dios nos dio Su creación para aportarnos los mil placeres del cuerpo y del espíritu que merecemos. ¿Hay manera de rendirle homenaje que sabiendo apreciar los placeres de Su creación?".

Pero Cristos le replicó:

"¡Vete, tentador! Tu presencia en la creación es una injuria hecha a Dios. Sabe que no eres Su preferido. Te confinó en la sombra porque te desviaste de Su luz. Te dejó unicamente la palabra con el fin de que pudieses experimentar la fe de los humanos".


Y añadió:

"Dios nos hizo hijos suyos porque somos los únicos que podemos amar sin esperar nada a cambio. No te dio esa capacidad, criatura vil, porque no tienes corazón, porque tu alma es negra como el azabache. Por cierto, el mundo creado por Dios es fuente de mil placeres. Por cierto, rendirle homenaje es saber apreciarlos en su justa medida. Pero estos placeres deben ser saboreados y no devorados. Sólo la virtud, tal como nos la enseñó el profeta Aristotéles nos permite apreciar los placeres del mundo sin caer en el vicio y el pecado".

Concluyó por fin:

"Porque el pecado es la negación de la perfección divina. El abandono total a los mil placeres se acompaña del desvío del amor de Dios, mientras que el disfrute simple y medido de la creación divina puede hacerse solamente en el amor de su creador. ¡Así que vete!".


Enseguida la criatura sin nombre que se arrastraba a su lado desapareció, dejándolo a las puertas del desierto. Había atravesado este país de tentaciones durante cuarenta días.





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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos   Ven 20 Jan 2012 - 2:10

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Capítulo 6:

En aquellos tiempos la sociedad estaba en crisis. Varios cultos paganos coexistían. Además algunos hombres habían olvidado los preceptos de Aristotéles y adoraban a dioses falsos. Otros, reagrupados formando una Iglesia poderosa, apelaban al pensamiento de Aristotéles pero habían desviado su mensaje o lo entendían mal. Afortunadamente, todavía existían personas que vivían justamente en la virtud tal y como fue enseñada por nuestro primer profeta.

Debéis saber, Hijos míos, que ni la Iglesia poderosa de la que os he hablado, ni la adoración de los ídolos servían para saciar la sed divina de la multitud. Así, los habitantes del país de Judea vivían en un estado de pecado permanente y desviaban cada vez más sus miradas de lo trascendente y de Dios.

Existían algunas personas que trataban de reunir a los hombres de buena voluntad, pero la inmensa mayoría se regocijaba en el estupor y la fornicación. Esta vida de placer se sumaba a la preferencia de la gente por el individualismo más que por la comunión y la comunicación.
Muchas almas perdidas querían volverse hacia su guía espiritual, el gran sacerdote, el jefe de todos los sacerdotes, pero les respondía con un silencio total.

Era un hombre parco en palabras, que respondía a cada pregunta de manera lacónica:


"No tengáis miedo, abrid vuestros brazos a Aristotéles".

Christos después de su prueba en el desierto volvió de nuevo a la civilización y predicaba la buena noticia y el mensaje de Aristotéles en las plazas de los pueblos. Decía:

"¡Arrepentíos! Confesad vuestros pecados, porque al Señor no le gusta ver como el vicio invade las ciudades de los Hombres".

Varias personas escuchaban su discurso. Dos de ellos, un artesano y su aprendiz, se sintieron impresionados por la rectitud de sus palabras. Se trataba de Tito… y de su servidor, Samoht.

Nos acercamos a Christos acompañados por nuestro amigo Paulos, un campesino. Yo era el más joven, era aún un niño pero fui yo quien tomó la palabra:


"¡Maestro, tus palabras son tan justas, enséñanos el mensaje de Aristotéles!".

Entonces, Christos, sorprendido por mi inocencia juvenil, respondió:

"Entonces seguidme. Vuestras tiendas, vuestros bienes, vuestras herramientas podrán esperar a que terminéis vuestra misión. Ya que por ahora os haré edificar en la Iglesia el más bello instrumento de paz. Sabed que os enseñaré la sabiduría de Aristotéles y el mensaje de Dios, pero vosotros debeis aprender el altruismo y la abnegación".

Nos pusimos en camino hacia la gran basílica en la cual residía el jefe de todos los sacerdotes. El hombre dormía un sueño profundo delante de una asamblea boquiabierta que observaba el menor movimiento de párpados o de ventanas nasales, esperando la ceremonia de su despertar.

Christos, acompañado de sus tres amigos, entró en la sala y dijo:


"¿Tú, hombre de poca fe, a qué esperas para ocuparte de los deseos de los creyentes? ¿Por que no respondes a sus angustias?".


Cristos se giró hacia nosotros y dijo :

"Sabed esto: este hombre representa el vicio infiltrado en pleno corazón del templo de Dios. Es a vuestra imagen, amigos míos, que en vuestros corazones de criaturas de Dios, conocéis también el pecado.
Mirad, el que no mueve el dedo meñique, no merece ser rey.
¿Y tú, rey de creyentes, qué haces? ¿No ves tu Iglesia que se hunde? ¿No oyes los gritos de las almas que fuera de tu palacio se desgañitan pidiéndote ayuda?".


Habiendo sido despertado por la voz de Christos, el gran sacerdote, parco en palabras pero sin pelos en la lengua, se levantó y dijo:


"¿Quien se creerá que es este pesado?. ¡Pues si no te gusta, lárgate tío! ¡que estás empezando a tocarme mis santos cojones!".


Ante estas palabras, Christos se volvió hacia sus discípulos y les dijo:

"De verdad, os digo: ¡más vale oir esto que ser sordo! Este hombre cae en los excesos denunciados por Aristotéles, queda callado la mayoría de las veces y cuando se despierta es para hablar demasiado. No conoce ni la virtud de la templanza, ni el principio del medio justo".





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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos   Ven 20 Jan 2012 - 2:10

Citation :



Capítulo 7:

Oh, me acordaré siempre de estos días, amigos míos. Después de haber salido de la basílica, nos encontramos cara a cara con un grupo de curiosos que se increpaban con severidad. Tratamos de retener a Christos pero éste no nos escuchó y se acercó al grupo de pendencieros.

Entendió muy rápidamente la causa del conflicto. Frente a él, un carnero estaba perdido, aterrorizado por gritos que venían de todas partes. A su izquierda se encontraban adeptos de los cultos paganos, su sacerdote a la cabeza armado con un cuchillo largo en la mano. A su derecha había alguna de esas personas decepcionadas por el paganismo y que seguían los preceptos de Aristotéles de un modo menos distante que los primeros. Se habían agrupado para denunciar el sacrificio bárbaro que se preparaba en honor de los dioses falsos. Cada campo gritaba con vehemencia contra el otro.

Entonces, Christos llamó a la calma. El animal aterrorizado avanzó dócilmente hacia él. Christos lo acarició y le dijo que se fuera. El carnero se marchó. Pero el sacerdote pagano se hinchó de rabia contra Christos y se adelantó hacia él, con el cuchillo levantado. Nosotros, Titus, Paulos y yo, pronto estuvimos rodeados por nueve de los decepcionados del paganismo que se colocaban a la derecha e interrumpimos al sacerdote. Pero Christos se adelantó y se puso frente al sacerdote. Este cruzó la mirada con el ser bendito por Dios, le dio la espalda y se fue sin decir una palabra, la muchedumbre de los infieles se llenó de un aire de vergüenza.

Entonces, nosotros, los doce que habíamos elegido defender a Cristos, absortos por lo que acababa de pasar, nos volvimos hacia el hombre misterioso.

Uno de nosotros, alguien a quien todavía no había conocido y que se llamaba Thanos, le dijo:


"¿Pero quién eres tú, que posees la calma y la dulzura que pone de manifiesto la infamia pagana?".


Entonces, Christos le respondió:


"Mi nombre es Christos, hijo de Giosep y de María. La gente que me conoce dice que soy el mesías, porque amo a Dios y a mis semejantes".


Entonces, exclamamos :

"Verdaderamente ninguno de nosotros duda este hecho. Gracias sean dadas al Señor por haberte enviado a nosotros, con el fin de que Su palabra ilumine nuestras vidas y de que la profecía de Aristotéles se materialice".

Y Christos respondió por fin:

"En verdad está muy triste porque tantos hijos de Dios ignoren Su amor. Les envia guías con el fin de que los errores pasados sean borrados. ¿Quereís seguirme y convertiros en apóstoles de la palabra de Dios?".


Los nueve que no conocían a Cristos se miraron, parecían divididos entre la alegría y la angustia. Preguntaron al llamado mesías lo que había que hacer para reunirse.




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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos   Ven 20 Jan 2012 - 2:11

Citation :




Capítulo 8:

¡Oh, hijos mios, lo que nos dijo entonces Cristos nos iluminó! Sus palabras quedaron grabadas en mi memoria.

"¡Amigos míos, no os equivoqueis! Los que no viven en la amistad que nos enseñó Aristóteles se quemarán en las mil llamas de la gehena.
Los que ceden demasiado rápido a las tentaciones de los pecados, los que no conocen la virtud, ésos acabarán en el sufrimiento y la soledad del infierno.
Los que ceden a la voz melosa del pecado, los que son seducidos por su discurso, esos irán a acompañarla en las tinieblas.
Los que, por fin, se arreglan sin el amor de Dios y de los Hombres, que se refugian en su unico egoísmo, en el abismo infernal acabaran.
¡Por eso, tened cuidado, hermanos, estad atentos y vigilantes! Porque nadie conoce el día en que las profecías se realizarán. Nadie conoce el día del fin de los tiempos".


Atentamente escuchábamos lo que decía, teniendo el presentimientode que ese día sería decisivo para nuestra vida futura. Y los nueve que se habían ofrecido se quedaban boquiabiertos ante tanta exactitud, delante de aquel hombre.

Christos prosiguió:


"¿Quereís reuniros conmigo? En ese caso tenéis mucho amor en vuestro corazón y me seguiréis, compartiréis un poco vuestro tiempo y vuestros bienes, el tiempo que vosotros podais. En cambio si vosotros elegís dedicaros a guiar a otros sobre la vía de la Iglesia hace falta entonces que estéis dispuesto a darle prioridad. En ese caso os distanciareis de vuestros bienes, de vuestro trabajo, de vuestras herramientas, diréis adios a vuestras familias … Preferiréis la sencillez y la instrucción a los ornamentos ricos y a los bellos adornos. Porque nuestra tarea necesitará sacrificar el bien personal para el bien colectivo y sereís consagrados entre los hijos de Dios".

Y continuó:

"Si vuestra familia no os comprende rezad por ella, porque en ese caso no es sensible al mensaje de Dios.
Si el que os contrata tiene algo en contra de vosotros no tengais nada contra él y rezad por él, porque no es sensible al mensaje de Dios.
Si vuestros amigos os retienen, entonces los arrastrareis con vosotros, con el fin de que descubran también el mensaje de Dios.
La carretera será larga y tortuosa, el camino escarpado, el horizonte lejano, la pendiente fuerte, pero el sol que brilla guiará nuestros pasos. Conoceremos dificultades, disputas, cóleras, pasiones, vacilaciones, pero el amor y la amistad nos unirán y Dios nos acogerá.
Si quereís vivir sólos, razonar sólos, comer sólos, marchar sólos, entonces nada os lo impide, seguid vuestro camino y refugiaos en vuestro propio amor. Pero si alguien os golpea y lo derribaís, entonces nadie os ayudará a poneros de pie.
Si queréis vivir en grupo, en el amor al prójimo y a la multitud, si queréis compartir vuestro pan con vuestro amigos, marchaos con vuestros hermanos, entonces venid a mi y seguidme.
En ese caso, si caéis en el camino, un hermano se parará y os pondrá de pie".


Y nosotros, sus amigos, escuchábamos y asentíamos a Christos. Éramos ahora doce para seguirlo. Las seis mujeres se llamaban Calandra, Adonia, Elena, Kyrena, Ophelia y Uriana. Los seis hombres se llamaban Daju, Thanos, Paulos, Nikolos, Titus y Samoth (el que suscribe).



Traducido por Monseñor Ubaldo.
Revisado por Casiopea.


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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos   Ven 20 Jan 2012 - 2:13

Citation :



Capítulo 9:

Y era de esa manera, caminando de pueblo en pueblo, que Christos difundía así la buena noticia a las muchedumbres que se reunía. Cada vez impregnaba más a la gente con la exactitud de sus palabras y la potencia de las mismas. Aunque la fama de Christos se difundió en Galilea hasta en los rincones más alejados. Y las muchedumbres que iban era cada vez más numerosas en los lugares donde Christos hablaba.

A menudo decía:

"Quieran a Dios como Él les quiere y vivan en toda amistad con otros, como se lo enseñó Aristóteles" o "Crea en el amor que Dios les lleva y ame a Dios a su vuelta."

Y repetía:

"¡Que su solidaridad no conozca fronteras! Acuérdense ustedes, amigos míos, que Aristóteles vivía en un país de una cultura poco tolerante para otros pueblos. Hoy ustedes deben saber que todas las naciones tienen derecho al respeto y su pueblo a la libertad y a nuestra amistad".

Concluía:

"Tampoco la solidaridad y la amistad deberían ser distintas por culpa de la frontera entre sexos. Porque los hombres y las mujeres son los hijos de Dios y por ello son iguales".


Por los caminos se cruzaba con enfermos e incapacitados y vimos entonces cosas extraordinarias: bastaba con que Christos tocase a un leproso o un ciego para que su minusvalía desapareciera. Los enfermos cuando estaban cerca de él, se sentían llenos de vida y colmados de una nueva esperanza. Los mudos recuperaban el habla, los sordos el oído, los ciegos la vista, los paralíticos la movilidad y luego todos bendecían a Christos y al Altísimo, alabándolos y agradeciéndoselo con toda su alma.

Un día, nuestra pequeña tropa de peregrinos recogió a un hombre en muy mala situación que acababa de ser agredido en un camino. El hombre no tenía ya muchas fuerzas y no pudo caminar más. No había bebido desde hacia tiempo. Entonces Christos se volvió hacia el hombre sediento y le dijo:

"Luz, luz, eres la luz en el seno de la luz. ¡Tu fe se hace luz y te salva!".

No teníamos agua para satisfacer al pobre hombre, aún así Christos nos dijo:

"No importa, sólo tendrá que beber de mis manos".


Christos se arrodilló, juntó sus manos para ponerlas en forma de copa y se las tendió al desgraciado. Entonces el milagro llegó, las manos de Christos se llenaron de agua y el hombre pudo beber hasta saciarse.

Después de haberle dado de comer, lo cargamos sobre nuestros hombros y lo condujimos hasta el pueblo donde vivía.

Y esto fue sólo un ejemplo de las numerosas cosas prodigiosas que hizo Christos cuando le acompañamos por los caminos. Estas cosas las hacía siempre con mucha naturalidad y la mayor sencillez posible mientras que fuimos subyugados por el poder que Dios le otorgaba.
Y continuábamos nuestro camino, ansiosos del amor y de la verdad, siguiendo a nuestro Mesías mientras nos contaba numerosas hazañas que se me quedarán grabadas en la memoria y que querría también transmitirles, a mis amigos, cuando la ocasión me sea dada …

Nos acercábamos a Jerusalén, la gran ciudad hormigueante con una población cosmopolita y repleta de ilustres personajes.






Traducido por Monseñor Ubaldo.
Revisado por Su Excelencia Angelo D´Arezzo.

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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos   Ven 20 Jan 2012 - 2:37

Citation :


Capítulo 10:

Alcanzamos esta ciudad grande y bella en un día magnífico. Todavía veo ese sol bienhechor en mi cabeza, esta luz dulce que mis ojos son casi incapaces de aportarme hoy, de la que mi espíritu guardó un rastro profundo.
Pasamos por la gran puerta para aventurarnos en el corazón de la ciudad hasta desembocar en un gran lugar donde había mucha actividad. En efecto, allí era dónde las mercancías se intercambiaban, las múltiples tiendas vendían frutas, verduras, estéreos de leña y hasta ropas como zapatos, calzones, sombreros.
Un ruido ensordecedor reinaba en este lugar. Y sin embargo, cuando Christos subió sobre la fuente central y se dirigió a la población, todo el mundo se calló y pronto oímos solamente que su voz clara y dulce destacaba en el silencio.


"Hombres y mujeres de Jerusalén, decía, venid a oír la palabra de Dios. Él sólo quiere compartir con vosotros su amor. Ámadle y seréis colmados de alegría que estará también en vuestros corazones. Si ignorais su amor Él se entristecerá y esa pena será su más grande sufrimiento".

Entonces la muchedumbre se amontonó alrededor de Christos y muchos fueron quienes le preguntaron:

"¿Pero quién eres tu, extranjero, para conocer tan bien el amor de Dios?".

Christos les respondió:

"Soy Christos, de Nazareth, el Mesías, guía y espejo de la divinidad, habitado por Dios. Aristóteles, el Profeta, había anunciado mi llegada, con el fin de que os muestre la vía que hay que seguir para vivir en el amor del Altísimo".

Pero algunos no se fiaron de sus palabras y dijeron:

"¿Cómo podemos saber que lo que dices es cierto, cuando tus palabras no son más que miel destinada a taponar nuestros oidos para que no nos desviemos de su verdadero mensaje?".

Christos les respondió:


"¡Miraos, os callasteis cuando comencé a hablar y vinisteis hasta mi! Escuchad a vuestros corazones gritar la fe que se alimenta de mis palabras. ¡Mirad a vuestro alrededor! Mirad a la muchedumbre amontonada a mi alrededor, numerosos incapacitados se han levantado para venir a escucharme, muchos enfermos se me han acercardo sin darse cuenta que están curados por fin, muchos viejos cansados han recobrado la juventud al escucharme. Porque Dios nos ama y los que me escuchan y crean en mí son bendecidos por Él".

Entonces todo el mundo se quedó estupefacto y la noticia se difundió por toda la ciudad: que Christos, el anunciado por Aristóteles, había llegado por fin. Desde entonces, todos los que tenían un rastro cualquiera de humanidad y de divinidad, todos los que habían rechazado desde hacia tiempo los cultos paganos, todos esos, dejaron sus oficios y procuraron reunirse con el Mesías en la plaza para oirle hablar.
Al cabo de media hora las calles se encontraban obstruidas de viandantes, no lográbamos circular por el corazón de la ciudad mientras que los barrios periféricos fueron abandonados. Un transeúnte podía tardar una hora en recorrer un camino que se hacia en cinco minutos si estuviese en plena noche o en las horas poco frecuentadas. Y los guardias tenían grandes dificultades para solucionar el problema.
¡Pero no era todo hijos mios, oh, si ustedes hubiesen habían visto aquello! ¡Si ustedes hubiesen visto las tabernas vaciarse, el desorden instalarse! ¡Su juventud rebelde le habría hecho querer a aquel hombre qué desafiaba la orden establecida! ¿Imaginais, queridos amigos? Todas las actividades abandonadas, la ciudad paralizada, la economía bloqueada.






Traducido por Monseñor Ubaldo.
Revisado por Su Excelencia Angelo D´Arezzo.


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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos   Ven 20 Jan 2012 - 2:38

Citation :


Capítulo 11:

Y toda aquella multitud se agolpaba alrededor de Christos mientras este continuaba hablando tranquilamente.


"Mirad, esta ciudad de Jerusalén se asfixia por su falta de humanidad.
Habéis perdido el valor de la amistad y la capacidad de compartir. Pero lo más importante que habéis perdido es la fraternidad.
¡Esta ciudad se asfixia por la falta de amor y caridad! Mirad el comedor de beneficencia. ¿Quién de entre vosotros comparte su pan con los vagabundos?"


Y los allí reunidos bajaron la mirada avergonzados ante esta falta de generosidad. Una de ellos, llamada Natchatcha, levantó su rostro puro hacia el Mesías y le dijo:

"Señor ¿qué debemos hacer para vivir en el amor de Dios?"

Entonces, Christos le respondió con una sonrisa :

"Los fieles de Dios, los que han aprendido la enseñanza de Aristóteles y los que quieren seguir el camino que les trazó deben formar una comunidad de vida. Esta comunidad encontrará su sentido y permitirá a cada uno vivir en la virtud, si está unida a la amistad recíproca que cada uno de sus miembros debe mostrar hacia sus semejantes. Para guiaros, yo seré el padre de esta comunidad, erigiré los principios y mis sucesores harán lo mismo después de mí."


Christos se volvió entonces hacia Titus, que estaba allí …

"Titus, acércate, amigo mío. Titus, eres fuerte y vigoroso. Puedes ayudarme a llevar esta comunidad, serás mi colaborador. ¡Mira Titus, eres gigante y será con la ayuda de tu fuerza con lo que se edificará una Iglesia titánica!"

Y se volvió hacia los otros apóstoles que ponían malas caras:

"¡Y vosotros, miraos, ya habéis olvidado la virtud y os habéis puesto celosos! Para formar parte de mi comunidad fiel a Dios, habrá que estar purificado de todo pecado. Ahora bien, veo que ninguno de vosotros puede aspirar a semejante nivel de virtud. Giraos entonces hacia Dios, hermanos, porque Él es misericodioso y os concede la oportunidad de enmendar vuestras faltas y seguir el camino que trazó para vosotros.

No tengáis pena, porque vosotros seréis mis sucesores, vosotros difundiréis la buena noticia a todas las naciones ayudando a Titus para crear mi Iglesia. Así, os convierto en los guías de los fieles de Dios. Sed modelos para los que os escuchan, porque un mal guía traza un mal camino a los que le siguen. Os llamaré obispos. Vosotros llevaréis la carga de la Salvación de vuestros fieles."


Por fin, Christos juzgó que habían oído suficientemente por hoy y la multitud se dispersó.






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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos   Ven 20 Jan 2012 - 2:38

Citation :



Capítulo 12:

Cuando la multitud se dispersó el lugar se quedó vacío, dejando sitio a los guardias del procurador romano que controlaba la ciudad. Entonces, amigos míos, fue cuando pasé uno de los miedos más grandes de mi vida. Los soldados, vestidos de rojo sangre, irrumpieron repentinamente en el lugar procedentes de todas direcciones.

Algunos surgieron de las esquinas y otros de diferentes edificios bloqueando todas las salidas y las puertas. Entonces, un tribuno descendió los escalones del palacio del gobernador acompañado por un robusto centurión.

Al llegar al centro del lugar el tribuno se detuvo y se inclinó hacia su centurión. Este último tomó la palabra y con voz feroz nos dijo:


"¡Tú, Christos, al que llaman el Mesías y el guía. Te acuso de perjudicar a la ciudad. Eres un instigador de revueltas, un peligroso revolucionario y alborotador! ¡Ahora sígueme!"


Nosotros, sus apóstoles, nos quedamos paralizados por el miedo. Ni siquiera percibíamos el silbido de la brisa que agitaba las capas de los romanos. Y observamos inquietos la reacción de Christos. Daju estaba aterrorizado, él que se había sentido humillado por no haber sido elegido por Christos para construir su iglesia.

Christos dijo entonces al centurión:


"En verdad te digo, hombre de poca fe, que yo no te seguiré sino que serás tú quien me seguirá a mí".


Entonces, el tribuno ordenó al centurión capturar a Jesús y el oficial con una expresión feroz se nos acercó lentamente. Yo respiraba al ritmo de sus pasos intentando calmar mi corazón que se había acelerado. Cuando estuvo frente a Christos el centurión lo miró a los ojos intensamente y durante largo rato. De repente, se quitó su casco y se arrodilló cogiendo la ropa de nuestro Mesías.

"Maestro"

Le suplicó ante el asombro de su superior...

"Quisiera seguirte y pertenecer a esta comunidad de fieles. ¿Qué debo hacer? Sé que he pecado y que he servido a un mal jefe, pero te ruego que me digas cómo puedo conseguir el perdón".

Entonces Christos lo levantó y ante la mirada estupefacta de los romanos, pronunció estas palabras:

"Pecador, te diré que acabas de hacer la primera cosa que los fieles deberán realizar, mostrarte humilde y confesar tus pecados. De ese modo, si tu arrepentimiento es sincero, Dios te perdonará."

Christos se volvió hacia sus apóstoles y continuó:

"Y vosotros, que las faltas cometidas por vuestros fieles sean perdonadas si se os acercan, las confiesan a vuestros oídos y están dispuestos a hacer penitencia."

Entonces Christos se acercó a la fuente y dijo al centurión:

"Por la gracia de Dios lavaré tus pecados con agua, la fuente de la vida."

Y Christos sumergió sus manos unidas dentro de la fuente. Luego roció al centurión con esta agua susurrando estas palabras:

"¡Señor, dígnate a lavar los pecados de este hombre y darle así una nueva vida entre los creyentes! En el nombre del Señor. Amén".

Entonces, Christos nos llamó a su lado, a nosotros, sus apóstoles y a uno tras otro nos purificó con el agua de la fuente, haciéndonos renacer. Nos dijo:


"Apóstoles míos, tanto hombres como mujeres, por la gracia de Dios ya han sido lavados vuestros pecados. Demostrádle a Él que podéis ser dignos de este honor que os concede porque el sacramento del bautismo se podrá retirar a cualquiera que traicione su esencia".

Fue uno de los días más intensos de mi vida y uno de los que nunca olvidaré, ya que está grabado en mi memoria. Nuestra emoción se encontraba en su punto álgido cuando nos dimos cuenta de que los soldados habían abandonado el lugar.






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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos   Ven 20 Jan 2012 - 2:38

Citation :

Capítulo 13:

¡Sí! Aquel hombre era capaz de lograr prodigios. Su fe era tan fuerte que parecía estar en comunión con el Altísimo. Cuando intentábamos comprenderlo y le preguntábamos nos respondía incansablemente:

"Amigos míos, Dios vive en todas las cosas porque es el creador, ya se trate de humanos, de briznas de hierba, de mariposas, de nubes, de la brisa del viento..."

Pero Christos, al contrario que nosotros, parecía casi alcanzar la perfección divina, experimentaba la existencia divina con tanta fe que ningún prodigio parecía ser imposible para él.

Así pues, tras la salida misteriosa de los soldados romanos (que hoy me doy cuenta, amigos míos, de que salieron simplemente a buscar refuerzos) Christos nos guió hacia una gran casa rica y burguesa que hacía de taberna de día y posada por las noches. Había decidido que permaneceríamos allí hasta el día siguiente.

La muchacha de la hospedería se acercó con un cántaro para servirnos el pan y el vino y Christos reconoció a la mujer llamada Natchiachia, la que le había hablado anteriormente cuando estaba ante la muchedumbre. Natchiachia puso el vino de su cántaro en el vaso de Christos y le dijo:


"Maestro, sufro un tormento profundo en el alma. Quisiera seguirte en tus enseñanzas, pero amo a un hombre que vive aquí y que se llama Yhonny, lo amo con un amor puro como el diamante … ¿Qué dice Aristóteles sobre esta cuestión?¿Qué debo hacer?"

Christos le respondió:

"Cuando dos seres se aman con un amor puro y desean perpetuar nuestra especie por medio de la procreación Dios les permite, por el sacramento del matrimonio, vivir su amor. Este amor tan puro, vivido en la virtud, glorifica a Dios porque Él es amor y el amor que los humanos comparten es el más bonito homenaje que pueda hacérsele. Pero, igual que el bautismo, el matrimonio es un compromiso de vida, por eso, Natchiatchia, si elijes juiciosamente casarte con Yhonny no podrás ya romper el compromiso”.

Estas últimas palabras dejaron asombrada a la asamblea, ya que en aquella época abundaba la falta de constancia... Natchiatchia repitió:

"Pero, Maestro ¿seremos bastante fuertes para respetar esta elección y vivir sin pecar?".


Entonces, Christos respondió:

"Sabes que el ser humano duda por naturaleza, que el amor es una prueba para Dios y para su prójimo y tiene tantos riesgos como episodios contiene la vida. Pero una vida virtuosa es un ideal hacia el cual el hombre debe tender. Y en su camino puede ayudarse de la oración, que puede ser el medio para reforzar este amor cuando sea necesario. No olvides tampoco la fuerza de la misericordia, que es concedida gracias al arrepentimiento".

Cristos se volvió a continuación hacia nosotros, sus apóstoles, a los que había llamado sus obispos. Nos dijo:

"Y vosotros, amigos míos, deberéis consagraros totalmente a Dios como yo mismo hago. El amor humano en lo que tiene de personal os será prohibido para siempre. Vosotros tendréis que amar al Humano y no a un humano. Por esto el matrimonio no es para vosotros, ni tampoco el acto de la carne".


Y como algunos apóstoles se sintieron decepcionados con esta norma comenzaron a gruñir murmurando entre ellos desagradables palabras. Christos los miró y les advirtió:


"Estas restricciones serán el precio de vuestro compromiso. Aprended a que os guste porque os permitirá llevar a cabo vuestra santa misión".

Pero Daju, cuya carne era muy débil, miraba a Natchiatchia con una mirada concupiscente. Además, era de un temperamento celoso y no apreciaba ni la amistad de Christos con el Centurión, ni la benevolencia particular con la que me gratificaba a causa de mi edad inocente. Por eso se levantó enojado y exclamó:

"¿Y por qué debería respetar eso?¿Por qué debería obedecer a un empeño que no me concierne? Tú nos has dado el papel de obispos, pero guardas celosamente para ti el mando de la Iglesia…”

Entonces, Christos le respondió con calma:

"Tan cierto como lo dices, guardo el mando porque soy el que está en mejores condiciones para guiaros. Sobre todo en el camino que hemos recorrido he sido un padre que ha velado por vosotros. Pero esto se paga con cansancio y trabajo. Mi papel es difícil y agotador… me canso porque llevo sobre mí el peso del sufrimiento de los hombres.

Pero tú, Daju, veo como la cólera invade tu cara. La tarea que os he confiado a vosotros es también noble y será difícil. Por otra parte, para ayudaros en la tarea podréis nombrar a otros guías, otros pastores que estarán el cargo de cada ciudad. Y serán quienes decidirán a mi sucesor".


Pero Daju estaba furioso, debía haber sido corrompido por la criatura sin nombre porque no podía oír mas y se marchó. Christos lo miró sin decir nada y su mirada se posó entonces sobre el Centurión, que estaba con nosotros, y cuya espada a su lado tintineaba haciendo un ruido metálico. Christos se volvió hacia él y dijo:

"Y tú, Gracius, si quieres también convertirte en uno de estos pastores que guiará el rebaño, deberás abandonar tu espada mientras que tengas la misión de enseñar la amistad y el amor de Dios, ya que las armas son fuentes de violencia".

Y nos repitió a todos:

"Entonces, apóstoles míos, clérigos, debéis seguir el camino trazado para vosotros, os corresponde bautizar a los que quieran entrar en el seno de la comunidad de los fieles de Dios. A vosotros os tocará ordenar a los sacerdotes que deseen dedicarse por completo al amor de Dios. Vosotros oiréis en confesión a los que deseen ser purificados de sus pecados. Vosotros castigaréis a los que no sepan mostrarse dignos del amor de Dios y predicaréis, por lo menos, cada domingo con el fin de que la voluntad del Altísimo se cumpla".

Tras este episodio, Christos nos habló durante mucho tiempo de su Iglesia, de la manera en la que la quería, con una cabeza y ramificaciones, como un cuerpo vivo. Y todo esto construído sobre una base sólida, el pueblo de los creyentes. Tomé nota de todas sus recomendaciones, amigos míos. Fueron aquellas que Titus y otros discípulos difundieron ampliamente después de haberlas aplicado.





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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos   Ven 20 Jan 2012 - 2:39

Citation :

Capítulo 14:

La cena transcurría alegremente, todos los huéspedes estaban felices de celebrar el inicio de la nueva Iglesia Aristotélica. Pero mientras tanto veía que los ojos de Christos tenían una expresión extraña, mezcla de tristeza y melancolía. Estaba más silencioso de lo acostumbrado, aunque muchos de sus apóstoles no se dieron cuenta, ya que estaban ocupados hablando de paz y de amor.

Como ya he dicho a mi no me había pasado por alto la actitud de Christos... y queriendo saber más, me acerqué a él y le pregunté:


"Maestro, ¿dónde tienes la cabeza? ¿Estás de mal humor?"

Entonces me susurró:

"Samoht, mi más joven amigo, fiel entre los fieles; ¿has visto que Dajú se ha ido? ¡Es probable que haya ido a denunciarme! ¡El pobre se tiene que corromper para realizar su destino, para que la profecía se realice!"

"¿Pero, deja que el llorón vaya a quejarse a cualquier esquina?
-le respondí-. "¡Si los romanos quisieran detenerte ya lo habrían hecho! ¡En cambio se han marchado!”

Y Christos, que sentía acercarse su fin, me observó con una expresión inmóvil, trastornada, que todavía ahora me provoca un nudo en la garganta mientras escribo estas líneas.

"Samoht"-me dijo- "Dentro de poco moriré, viaja por el mundo y extiende la buena nueva tal como te pedí. Y cuando seas viejo escribe mi historia para que esta se conozca y sea oída. Recuerda pues esto, no lo diré dos veces... Tienes que... Ya oigo subir a los guardias."

Y, efectivamente, la tierra tembló bajo los pies y las sandalias de los legionarios. La conversación se detuvo dando pie a un silencio ansioso. Un decurión y sus guardias entraron al aposento. Junto al funcionario estaba Dajú, quien señaló a Christos con el dedo diciendo:

"¡Es él! ¡Es él! ¡El de la barba larga, allá, el más gordo! ¡Incluso parece preocupado! Aún estarán tramando en contra del orden establecido.

Entonces los guardias se abalanzaron sobre Christos confundiendo a los discípulos que intentaban interponerse. Un soldado me hizo rodar por la tierra, puesto que estaba agarrado a la ropa del Mesías. Finalmente usaron la violencia y lo arrastraron hasta fuera de su aposento. Cuando los perseguía y me agarraba de la capa de un soldado deseando hacerlo caer, el funcionario ordenó, también, que me detuvieran a mí. Por eso nos llevaron al Palacio del Procurador, Pedro Ponce.



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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos   Ven 20 Jan 2012 - 2:40

Citation :


Capítulo 15:

Comprenderéis, hijos míos, por qué os puedo contar lo que pasó entonces. Efectivamente, estaba en primera fila justo detrás de Christos y mis ojos, mis oídos, todos mis sentidos estaban alerta en un momento de tan grande angustia.
En poco tiempo llegamos a la oficina del procurador, este nos observó y nos interrogó:


"¿Cuál de los dos es el que se hace llamar Christos?"

Ambos respondimos al unísono:

"Yo, romano".

Sí, hijos míos, estimaba tanto a Christos que deseaba sufrir el castigo en su lugar y por eso intenté atraer sobre mí las sospechas... Pero mi inocencia era grande: Pedro Ponce no tenía duda, tenía ante sí a un hombre grande y bello y a un jovencito rebelde. Naturalmente, se dirigió al primero diciéndole:

"¿Así que eres quien se hace llamar Mesiás, guía y espejo de la divinidad? ¿Eres tú quien altera la paz de la ciudad?”

"Tú lo has dicho, engreído"
-respondió Christos-.

"Escucha"-prosiguió Pedro Ponce- "Desde que estás en Jerusalén la ciudad está sublevada, el pan está duro, las últimas verduras y el pescado tienen mal olor y la carne es nauseabunda. Todo esto porque ahora la gente ya no quiere hacer nada más que escucharte. ¡Además, debilitas el poder de Roma y el culto pagano diciendo sandeces más grandes que tú sobre el amor y todas esas tonterías las cuales nadie cree! Bueno, acabo de recibir una denuncia del sumo sacerdote pagano, parece ser que has pagado un vial, que es bastante!"

El rostro de Christos se abrió con una gran sonrisa antes de responder:

"Lo sé. Veo tu Imperio como un engranaje. Cada mecanismo tiene el lugar que se le asigna en el momento de nacer y realiza regularmente la tarea para la cual fue creado. Y se aprovecha de esto controlando el pueblo y forzándolo a trabajar por salarios indecentes. Ahora bien, yo, que aporto la verdad... es típico. Conozco a un joven de bien que dice: ¡El primero que diga la verdad será asesinado!"

Entonces, Pedro Ponce dijo: "¿Cómo no hemos de aprobar la esclavitud? ¿Incluso cuando se ejerce sobre otros pueblos que no son tuyos?"

"¡No!"
-afirmó Christos-. "¡La solidaridad ha de sobrepasar ahora la simple frontera de la ciudad! Somos todos humanos y por esto Hijos de Dios. Por este motivo hacer trabajar a un mendigo en la mina por menos de diecisiete escudos es una vergüenza, incluso si viene de otra ciudad. ¡Y hacerlo sudar por menos de dieciocho escudos, haciéndole matar una ternera, vaca, cerdo, oveja, es un escándalo!

Pedro Ponce se sentía más molesto a cada rato... Dijo entonces:

"Christos, serás desterrado. Ahora vete. Siguiente asunto: Kramer contra Kramer. ¡Ah, y no te olvides de liberar a Bar-Tabaco, que hoy es el día de la amnistía!"

Entonces Christos, sorprendido por la frase, pronunció estas palabras:

"¡Procurador! Puedes desterrarme pero en cualquier ciudad que esté actuaré siempre así y me convertiré en el mismo peligro para todos los Imperios y Repúblicas que componen el mundo."

Entonces Pedro Ponce perdió los estribos y le respondió:

"Puesto que dices ser tan sabio, y debido a que tengo acidez de estómago se te crucificará como a los agitadores y primero serás ajusticiado por haberme hecho perder el tiempo y haberme cortado la digestión. ¡No debiste buscarme!"

Después, Pedro Ponce, se dio cuenta de mi presencia tuvo piedad de mí y de mi juventud al verme llorar. Se dirigió a uno de los guardias y le dijo:

"¡Echa a este, vamos!".

Pero Christos me agarró de la manga y tuvo tiempo para decirme al oído:

"Mi cuerpo sufrirá mil tormentos, pero es para que vuestras almas no tengan que sufrirlos. Cuando recéis al Altísimo, consagrareis el pan y el vino de la amistad, símbolos de mi carne y mi sangre, para que nunca se olvide mi sacrificio por vosotros. Rendid homenaje, también, a quienes por su virtud serán un ejemplo de amor a Dios para sus ojos. Realmente no hay ningún homenaje a Dios mejor que el de dar sin esperar nada a cambio."

Las últimas palabras fueron gritadas, puesto que se llevaban a Christos a las mazmorras mientras que los guardias me empujaban para echarme.





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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos   Ven 20 Jan 2012 - 2:40

Citation :


Capítulo 16:

¡Fue un momento atroz! Cuando caí en la calle y los guardias me golpeaban con sandalias, estaba tan trastornado por lo que acababa de pasar ante mi mirada de niño que no noté la dureza de los adoquines y de las suelas. La confidencia de Christos tomaba ahora sentido y entendí finalmente la inmensidad de la historia de aquel hombre.

Me eché a llorar y me fui a recorrer los caminos sin saber a dónde ir... Los curiosos me miraban extrañados, inspirados por la compasión algunos, divertidos otros. Cuando de repente, sentí la música de una corneta romana... instintivamente me guié por el ruido y mis pasos me llevaron a un gran lugar.

La cohorte de legionarios permanecía armada rodeando a Christos con Ponce y el Sumo Sacerdote pagano a la cabeza montados a caballo. Todos subían en fila, lentamente, por la colina de los condenados... seguidos por una multitud cada vez más grande cuyo clamor llenaba los callejones y subía hasta el cielo.

Nada podía detener a los guardias, ni los gritos de Natchiatchia ni los de los apóstoles...
Con Christos, llevaban también otros dos condenados por especulación, que se llamaban Black y Decker. Aquellos acabarían descuartizados.

La subida fue dolorosa, agotadora, sobre todo porque era un día caluroso y pesado. El sol iluminaba la naturaleza y la ciudad cubriéndo todo de un clima de malestar y tensión. Pero esto no impedía a la multitud subir y llorar la próxima muerte de aquel a quien empezaban a amar.

Pedro Ponce y el Sumo Sacerdote pagano que no se cansaban, puesto que iban a caballo, llegaron rápidamente la cima de la colina. Viendo como se acumulaba la multitud decidieron que la pena por haber perturbado el orden de la ciudad y por haber predicado en contra de la creencia del sacerdote tendría que ser ejemplar.

Christos fue azotado durante más de una hora por los guardias, pero nunca salió ningún grito de su boca. Aguantó los peores tormentos con un aire tranquilo y sereno.

Entonces los verdugos insultaron a Dios y se burlaron de la Fe de Christos esperando desencadenar su cólera. Pero no respondió, a pesar de que lo rodearon con cuerdas estiradas por poleas, según los deseos del Sumo Sacerdote.

Christos permanecía inmóvil ante la crueldad de los hombres. Pese a su sufrimiento y su dolor la fe en Dios era lo que lo sostenía. Su cara nunca había sido tan hermosa como en aquel momento. Su angustia había pasado y en su expresión sólo había un profundo amor y paz interior.

Los romanos y paganos decidieron pasar a cosas más serias. Pidieron que tuviera lugar la crucifixión.

Clavaron a Christos sobre una gran cruz de madera que, a continuación, levantaron sobre la colina. Y Christos se encontraba allí arriba, dominando al resto de humanos... Como un cordero se había sacrificado sobre el altar del orden establecido porque ponía en entredicho la sociedad de aquellos tiempos y sus falsos valores.

Christos murió después de horas de agonía... agonía durante la cual rogaba al Altísimo y miraba a los hombres tumbados en el suelo. Fue durante la noche, mientras la brisa refrescaba y el cielo se oscurecía, que entregó su alma con un suspiro.

Entonces un gran rayo cayó del cielo y atravesó las nubes sombrías y amenazantes y vimos resplandecer el cuerpo de Christos. Sin que desaparecieran aquellos destellos, en el cielo se reflejaban los relámpagos y, de repente, unos rayos tremendos estallaron en la tierra como para castigarla por haber perpetrado aquel crimen atroz... Como en un espantoso furor de violencia de los elementos una lluvia fortísima empezó a caer, expulsando a los romanos de la colina de los condenados y anegando el suelo, como para limpiarlo de la sangre de Christos. Aquella sangre, pronto fluyó por la tierra mezclada con la de los otros dos condenados, entre el sudor y sus lágrimas.

Pero después de un momento, la naturaleza se calmó, la lluvia cesó, los relámpagos se detuvieron, los rugidos de los truenos callaron y las nubes desaparecieron sumidas en un rayo de luz, que hizo aumentar el brillo que inundaba ahora la colina.

Entonces vimos aparecer entre los resplandores a una gran nube de ángeles celestiales. Todos descendían del cielo con gracia, volando sobre la colina. Tomaron el cuerpo del Mesías, guía y espejo de la divinidad, y lo elevaron a los cielos, llevándolo para que se uniera al trono de Dios.





Traducido por Monseñor Eduardo d' Hókseme.
Revisado por Casiopea.

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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos   Ven 20 Jan 2012 - 2:42

Citation :


Epílogo:

He aquí, amigos míos, hijos míos, hermanos míos, que les he entregado mis memorias sobre la vida de este hombre fascinante. Si no se lo he explicado todo es porque empezando estas memorias tenía miedo de que la muerte no me permitiera concluirlas. Hoy estoy tranquilo y es posible que, si el Señor me da vida, todavía pueda enseñarles más adelante más cosas sobre Christos y sobre lo que hicieron los apóstoles.

Recuerden, sobre todo, su mensaje... Vivan como él vivió, porque él es un ejemplo que hay que seguir. Él mismo me lo dijo muchas veces:


"Que todos los hombres y mujeres sigan el camino trazado, puesto que Dios compensará a las personas justas cuando pronuncie su veredicto."

Tengo tantas historias para contar sobre Christos, sobre sus palabras, sus adagios, sus alegorías. Las transcribiré algún día si encuentro tiempo y fuerzas... pero por desgracia la vida pasa como una estrella fugaz y el tiempo nos lleva a la vejez tan rápidamente que no nos damos cuenta.

Así he ocupado mi existencia: transmitiendo la buena nueva en todas las ciudades, repúblicas, imperios. He viajado, he estudiado, he encontrado, he rezado y he tratado, en la medida que me ha sido posible, de cumplir mis días de amor y amistad, de virtud y de perdón. Esta ha sido la clave de mi felicidad.

¿Merezco el Paraíso? No lo sé, puesto que sólo el Altísimo puede decidirlo. Sea cual sea mi vida terrestre ha sido bella y maravillosa y agradezco cada día al Eterno el hecho de haberme dado alma.

¡Que mis escritos sean para vosotros un testamento, amigos! Es lo que heredaréis de mi y lo que os doy a modo de despedida. Cuidad esto y compartidlo con otros, divulgadlo, transmitidlo por todos los lugares que podáis.

¡Oh! Es difícil acabar y dejaros así, porque no puedo dejar este ambiente dulce y místico que me embarga cada vez que recuerdo mi juventud... pero ahora mis ojos están cansados, la luz inestable de mi vela no es suficiente para alumbrar mi pergamino... mi pluma se cae de mis dedos doloridos...

Y la noche ha invadido mi cielo dejándome solo, pensativo, bañado por la claridad dulce de la luna.

Samoth, LXXXVII d.C.





Traducido por Monseñor Eduardo d' Hókseme.
Revisado por Casiopea.


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MessageSujet: Re: El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos   

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El Libro de las Virtudes. Libro II-Los Dos Profetas. La Vida de Christos
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